Las mil vidas del barrio Techo

En un tiempo, este vecindario bogotano fue el centro de la ciudad por su aeropuerto y el hipódromo, hoy convertido en estadio de fútbol.

Panorámica del Aeropuerto de Techo

Foto: Archivo – El Espectador

Carlos Gardel tuvo un vuelo feliz antes de que llegara la pelona con su guadaña y le arrebatara la voz de tango que lo poseía. Un día de junio partió del aeropuerto de Techo en Bogotá, tarareando alguna milonga con la que aseguraría aplausos interminables en Medellín. Mientras tanto, cientos de hombres de abrigos pesados y sombreros redondos palmoteaban a un lado de la pista, angosta y siempre acosada por las inundaciones provenientes del río Fucha.

Algunas señoras muy aseñoradas, lejos de la turba, suspiraban y batían sus pañuelos de florecillas cursis. A Techo —un aeropuerto en medio de vastas planicies, lejos de toda civilización— siempre concurría un buen puñado de bogotanos, desde su inauguración en 1929, a presenciar la llegada y salida de los aviones, aquellos extraños aparatos que tanto rugían y que algunos apenas habían visto en fotos de periódico. Días después de la salida de Gardel de Techo, la noticia de su muerte en un apocalíptico accidente el 24 de junio de 1935 se regó por el barrio, cuyos vecinos repetían al día siguiente que en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, antes de separar sus llantas de la pista, su avión chocó de frente con otro aeroplano. El accidente mató a Gardel y a sus músicos, y le robó el orgullo a Argentina de ser el país que vería al Zorzal Criollo cantar por última vez.

Más tarde la historia se volvió a partir, como lo hace siempre que la sangre revienta la piel, en las vecindades de Techo. Era 1948 y en Bogotá se habían escondido los problemas y se habían pulido los monumentos para hacer de la ciudad el escenario merecedor de la Novena Conferencia Panamericana. Sobre todo, la atención de los ilustres asistentes se centraría en 120 diosas de mármol, obra del escultor bogotano Alonso Neira Martínez, que representaban el sueño de la población: justicia, educación, abundancia, sabiduría, desarrollo y ciencia. Fueron 20 banderas, de cada uno de los países visitantes, que se dispusieron sobre las estatuas para ser la puerta de entrada internacional que se abría después de las acostumbradas ovaciones en el aeropuerto. Desde entonces el lugar sigue siendo llamado Banderas.

El monumento se quedó sin inaugurar. El Bogotazo se había adelantado a la celebración, entorpeciendo la discusión de los problemas políticos, económicos y sociales que afectaban al continente americano.

Los hechos violentos que le sucedieron, por el bipartidismo meramente pasional y desnudo de toda razón, fueron el motivo más importante para que Techo se convirtiera en uno de los barrios más poblados de la capital colombiana. Los desplazados por la violencia de la época llegaron a Bogotá buscando otra “tierrita” que les diera la vida que se había quedado en el campo, destrozada a machetazos.

Una esperanza que se volvería costumbre año tras año de guerra interna. Las oportunidades, sin embargo, escaseaban en un terreno baldío que incluso había perdido su aeropuerto en 1959 porque desmerecía el título de ‘futurista’ que el general Gustavo Rojas Pinilla quería ver en cada una de sus obras, como el terminal internacional El Dorado, inaugurado cuatro años antes del cierre del histórico Techo.

Se necesitó dinero norteamericano para ubicar a la población emergente. En 1961, el entonces presidente John F. Kennedy lanzó en Bogotá el proyecto de vivienda de Techo dentro del programa Alianza para el Progreso. Sumado a esto, Bavaria —fundada el 28 de mayo de 1891 por Leo Kopp bajo el nombre de Bavaria Kopp’s Deutsche Brauerei o Bavaria Gran Fábrica de Cerveza Alemana— acogía un alto número de trabajadores, quienes comprarían lotes en la zona, hoy conocida como Marsella, y construirían sus propias casas.

La sangre volvió a reventar la piel en 1963. Tras el asesinato de Kennedy, su apellido rebautizaría al popular barrio de Techo. En 1967, el Concejo de Bogotá aprobó la decisión unánime de la población agradecida con el mandatario.


De la calma al exceso

Una morena que parece de dos metros camina consciente del contoneo de sus caderas amplias, universales. Acaba de salir de su trabajo, un lugar pequeño donde se zangolotean las piernas al son que les pongan, donde se escucha una que otra palabra soez dedicada a las demás morenas, blancas y de todos los colores que danzan sensualmente sobre un estrecho escenario. Se lee en un aviso de neón: ‘Barra café y tanga’, uno más de los templos del goce que hoy se extienden sobre la Avenida Primero de Mayo, en la localidad de Kennedy.

La madrugada está por asomarse entre los cerros y el ruido hace maña para quedarse y seguir metiéndose en los sueños de los que viven en la concurrida “zona rosa del sur”. Para la rumba, también es famosa “cuadra picha”, renombrada como “cuadra alegre” para no ahuyentar a las 20.000 personas que visitan las inmediaciones del estadio de Techo en un solo fin de semana. Eso sin contar un millón trescientos mil personas que residen en la localidad.

Hágase la luz, y la luz fue hecha. El amanecer no trae ni un recuerdo de lo que fue el barrio Techo. Contrario a las lagunas y los prados interminables que no parecían pertenecer a una ciudad, sobre las calles se reparten botellas de licor, pinchos de madera y cartones en los que todavía  queda algo de salsa rosada.

Las 120 diosas aún se erigen victoriosas en la Avenida de las Américas y Bavaria sigue haciéndose la octava empresa más grande del país a un lado de la Boyacá. No es la misma suerte del aeropuerto y el hipódromo de Techo. En su lugar se construyeron Plaza de las Américas, Mundo Aventura y el Estadio Metropolitano de Techo.

Ahora son pocos los recuerdos que se reparten entre tanta gente. Y música hay para todos los gustos, menos para el tango con su Volver de Carlos Gardel.

El colosal Hipódromo

Sin Mundo Aventura y sin el centro comercial Plaza de las Américas, el mayor divertimiento de los habitantes de Techo eran las carreras de caballos. Las más altas apuestas en el hipódromo fueron para Triguero, Amusement, Capuchino, Año Nuevo, Secret Love y Pistolero, equinos de pura sangre inglesa para uno de los hipódromos más especiales de Latinoamérica.

Este escenario, planificado por el arquitecto Álvaro Hermida, fue testigo de múltiples polémicas generadas por las mafias hípicas, huelgas sindicales y crisis financieras. Fue un lugar de pasiones que presenció su primera carrera de caballos el 16 de mayo de 1954, frente a ricos y pobres reunidos, y cerró el 3 de julio de 1982 ante la deuda de impuestos con el Distrito.

Publicado en El Espectador, mayo 2009
http://www.elespectador.com/impreso/bogota/articuloimpreso140060-mil-vidas-del-barrio-techo
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