Estragos

No creía que un beso pudiera causar tantos estragos.

Los estragos del amor,
de volver a tu nombre todos estos días,
de repasar palabras como recién dichas.

Por ejemplo, intento alargar la frase “me gustas”,
como si hubieras dicho más.
Quizá la replique aún en tiempos cuando ya no sientas lo mismo.

Uno se puede enamorar de alguien cuando revela su infancia.
Sus soledades en la escuela,
el temor del hermano mayor fraguando un plan para arruinar el día.

Te quise de niño, eso quiere decir para siempre.
Y no te angusties si detestas el amor eterno,
porque sólo es eterno mientras dura.
Bueno, eso dicen.

Yo sólo intento dilatar el placer,
como desear que el libro no concluya,
o que la goma de mascar no pierda su sabor.

Así es que repaso todos los días la noche que sonaba a concha de caracol,
era nuestro mar imaginado.
Después me alcanzaste con caricias hondas
y se me quedó estampada tu figura en la piel
como si se tratara de una sábana arrugada.

Hoy te parecen tristes las cajas mojadas con lluvia veraniega.
Tal vez te recuerde el beso bajo la lluvia.
Cliché, dijimos, pero nunca lo habíamos hecho.
Así es cómo la gente empieza a olvidar el amor,
por evitar los clichés,
por evitar sus estragos.

 

 

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