La fuga

Creo que ahora tendré que pedir permiso para morir un poco. Con permiso, ¿eh? No tardo. Gracias…

Piensan que es el sarcasmo después de las discusiones cotidianas. Paga más, fuma menos. No rías, no llores, no vivas. Por eso digo, permiso, me voy a morir un poco, cerraré la puerta, afuera la comadrona del 301, la doméstica, una hermana que borda centros de mesa y otra que pinta aterradores perros de porcelana, de los que tienen esa mirada que sin moverse te persigue, que brillan aún en la penumbra, que nadie compra y ya van invadiendo la casa.

Siempre es más fácil morirse que vivir y además tengo el secreto de la fuga. Bastan tres dosis de morfina. No hay lío, sólo se va un poquito el alma, o tal vez ese algo que no tiene nombre y que está por dentro, detrás de los ojos. No, los ciegos lo llevan en otra parte, más adentro.

Mientras la droga hace efecto, me concentro en mi mano derecha, como si pudiera notar cuándo deja de doler. Lo malo del sufrimiento es que no llega solo. Primero se queja la mano, una fractura que no sanó bien, nudillos hinchados, temblor involuntario, como si estuviera el corazón metido ahí, entre piel y hueso, palpitando en los dedos, estrecho, abrasador. Luego viene el dolor del alma, o de la cosa sin nombre, esa incapacidad de escribir sobre historias en las que no hiciera falta morir por momentos. Sólo tomar la pluma es imposible. No me caben un corazón y una pluma en la misma mano. Es mejor cuando el corazón dirige con cierta lejanía las palabras.

Llega la muerte. No, llego a la muerte, soy yo la visitante, la que va de paso. No es oscura, como muchos dicen, ni un lugar, ni hay llamas o coros de serafines. Tampoco puedo atravesar paredes ni espiar a los que respiran, sino que me encuentro con todos mis muertos: un loro, un amante y mi padre. Quizá se trate de un recuerdo que finjo vivir de otra manera. Vivir en la muerte.

El primero en saludar es el loro que le tenía miedo a las alturas. Por eso se le veía siempre arrastrándose por el patio de la casa, la de la infancia, sí, la única casa. No subía a los árboles ni a los palos para las aves normales, las que no sufren de vértigo. Y a mí me daba pena verlo caminar con sus garras encogidas y sus alas de gallina. Loro miedoso de plumaje pardo. En el sueño, o en la muerte, da lo mismo, se me sube al hombro y me susurra algo. ¿Qué? ¿Me puedes repetir? Los loros siempre repiten, vuelan. Pero son ellos, tú eres otro, como una nueva especie que se esfuma antes de que yo pueda entender qué vino a decir.

Luego veo al hombre, al que amaba por contarme sus recuerdos de infancia. En las granizadas él solía guardar la lluvia congelada en un baúl, como se lo merecen los tesoros, con la esperanza de que durara para siempre. Lloraba cuando sólo quedaba el agua.

Te amé de niño, eso quiere decir para siempre. Me alcanzaste con caricias hondas y se me quedó estampada tu figura en la piel como si se tratara de una sábana arrugada. Pero el ‘siempre’ se acaba con la muerte. Yo sólo intentaba dilatar el placer, como desear que el libro no concluya, que la goma de mascar no pierda su sabor. Imposible.

Ahora es de noche y suena a concha de caracol, un mar imaginado. Es la muerte y él metido en ella. Me calla con sus dedos. Quiero besarlo, pero los labios que se juntan tienen su propia sinfonía. Entonces sólo paseo mis manos por su rostro. El silencio duele. El vacío duele; es como el efecto del hambre en la barriga.

También se va. Será porque ya casi respiro de nuevo. Pero antes alcanzo a ver a mi padre. Es el único verdaderamente muerto entre estos resucitados que alucino. Está en su cajuela rodeado de telas y cintas. ¿Recuerdas pai? Las solteras te compraban moños rosas y zapatos de tacón. Con eso bastaba para que te quedaras el resto del día en casa. Se ve feliz. Se ha fugado delante de todos. No importa que encuentren su cuerpo, él ya no está. Ya no podré hacerle el mate como le gusta, con un poco de jazmín, con dos cucharadas de miel. Despiértate pai, dile a mis hermanas que no griten más, abrázame con tu mano grande, grandísima.

El regreso del aire, de la mano derecha adolorida. Volver de la huida. Suelo mirarme al espejo para convencerme de que ya no sueño. Mujer de unos 35 años, algo morena, circular, mirada en espiral, nariz de ají, comisuras tristes.

Qué dirán de mí cuando esté muerta del todo, cuando ya no pueda fugarme. No hay nada que decir, ni un recuerdo de infancia, ni cómo me gustaba el mate. Nadie sabrá que me gustaban las carreras de galgos, los trajes de lentejuelas, los niños con problemas para hablar.

Ya sé lo que el loro me decía. Qué triste, estás más muerta que nosotros. Tenía razón. Creo que ahora no voy a pedir permiso para vivir un poco, ni daré las gracias, ni nada. Me fugaré, tendré un hijo que se llamará Jerónimo. Ese es un lindo nombre. Le haré un altar a mi padre. Compraré un loro que se escape al día siguiente. Me haré hombre y no me casaré nunca. Aprenderé a matar cerdos y gallinas. No le temo a la muerte, mucho menos a matar. Adiós, me tardo ¿eh? Quizá ni regrese.

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