El director sin batuta

El director sin batuta

 
¿Qué hay en la mente de un director de orquesta? No sólo corcheas, bemoles o tiempos musicales. En la mente de Enrique Diemecke, el nuevo director titular de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, flotan humor, energía y relatos. En Bogotá estrenará obras novedosas para América Latina.

 
Por Laura Juliana Muñoz

La noche en que el mexicano Enrique Arturo Diemecke se estrenó como titular de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, se tomó unos minutos antes de iniciar su interpretación para relatarle al público una historia que le daría sentido al estallido de las trompetas de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler. La historia de la cual nació la potente obra.

Con actitud de narrador oral, contó que en el primer movimiento un hombre se acerca al cofre mortuorio
y con horror ve que él mismo es quien yace muerto. Ahí, explicó, la orquesta se torna eufórica. Luego el personaje se encuentra con la muerte, y la música se vuelve divertida, irónica. Entonces tiene tres oportunidades para vencer a la invencible, lo que significa tres movimientos que alternan entre lo suave y lo caótico. Hasta que por fin el hombre descubre el poder del amor. Y llega la armonía. Quinto y último movimiento: la resurrección, la caída de la muerte, que se traduce en sonidos alegres y a la vez nostálgicos.

Entonces se plantó en el escenario. Y allí, las manos de Diemecke, libres de batuta, lucían como alas. No era la primera vez. “En 1985 la aerolínea perdió mi maleta. De repente encontré que podía dirigir sin la batuta y que la partitura me estorbaba y que el atuendo no hace al monje”. Su estilo sui generis no dejó de ser escandaloso hace algunos años. Pero eso era pasado Estaba en Bogotá. Y estaba decidido a “tocar la orquesta”, como él dice. Después de dar señas no lineales, sólo le quedaba esperar para ver cómo respondían los músicos y el público.

Los aplausos fueron la respuesta. Después del primer movimiento los asistentes al auditorio León de Greiff ya no estaban a un lado y los músicos al otro. El director había buscado la interacción, había contado una historia y se había arriesgado a decir un par de bromas bien recibidas. Luego señaló uno por uno a la solista, al grupo de trompetistas y al resto de la Filarmónica para que las felicitaciones fueran más personales. No se trató de un concierto de expresiones serias, vestidos de gala y ambiente discreto. Sino uno conducido por un mexicano, mexicanísimo, divertido y, ante todo, talentoso.

IN CRESCENDO

A los seis años, Enrique Diemecke, nacido en Ciudad de México, ya era parte de una pequeña orquesta en Guanajuato. Se trataba de su propia familia, integrada por nueve hermanos, todos ellos hábiles en distintos instrumentos. Su padre, que era a la vez músico y director, fue un generoso alemán que llegó a México para formar una academia de música para niños de la calle y de paso casarse con una bella mujer de ascendencia colombiana. Así que desde temprano su casa estuvo habitada por todo tipo de instrumentos. En la tarde vibraban las voces de los cantantes de ópera y en la noche se robaban la atención los bailarines clásicos de folclor y de flamenco. Tanto lo marcaron esos días que hoy son varias las obras que despiertan recuerdos en el maestro: para acompañar los coros, Madame Butterfly; o a la hora de darle vida al piano, nada mejor que Para Elisa, de Beethoven, Nocturno, de Chopin, y Preludio, de Liszt. El piano es otro instrumento que toca Diemecke con destreza, además del violín y el corno francés.

Pero a él le atrajo más lo que no tenía. En este caso, estar en una orquesta sinfónica. Además, no sabía con cuál instrumento quedarse porque todos le gustaban. “Le pregunté a mi padre por qué me había llamado Enrique Arturo. Enrique fue por mi abuelo materno y Arturo por Toscanini, el director de orquesta. ‘Pues eso quiero ser, director de orquesta’, le dije”.

Así, lo de los instrumentos también quedó resuelto, pues la única forma de tocarlos todos era estando al frente. “Yo soy alguien que toca la orquesta. Rasgo los sonidos con mi cuerpo, según como quiero que salga el sonido del instrumento al que me estoy dirigiendo”. Es tal la dedicación de Diemecke que cuando le preguntan si tiene algún pasatiempo responde empecinado: “pues la música”. Su familia es la orquesta, y eso ya es una multitud porque dirige cuatro: Orquesta Filarmónica de Buenos Aires del Teatro Colón, Orquesta Sinfónica de Long Beach, Orquesta Filarmónica de Flint Michigan y, desde enero, la Orquesta Filarmónica de Bogotá.

MOLTO ANIMATO CON BOGOTÁ

No es la primera vez que Enrique Arturo Diemecke está al frente de la Filarmónica de Bogotá. Fue director huésped, y así ganó terreno en el entendimiento con los noventa y siete músicos y el variopinto público bogotano. Por eso salió como candidato y, luego, elegido como director titular al menos durante un año.

La programación que preparó busca darle continuidad a la presencia de la Orquesta en escenarios poco convencionales como parques, iglesias y colegios distritales con el fin de acercar a más gente a la música. Asimismo, apoyar el proyecto de internacionalización que empezó en 2009, algo que no es muy fácil cuando no se tienen recursos suficientes para trasladar periódicamente a un conjunto de artistas tan numeroso. Finalmente, sorprenderá a la ciudad con estrenos “nunca antes vistos en América Latina”, asegura.

El proyecto de mayor complejidad será toda una fantasía para los sentidos: Bogotá verá a por lo menos 600 artistas en escena para interpretar la Octava Sinfonía de Mahler, también conocida como la Sinfonía de los Mil. Según Diemecke, esta es la obra coral orquestal de mayor formato en la sinfónica universal, impactante por el gran conjunto de cantantes, instrumentistas y solistas. “Estamos haciendo prácticas para tener por lo menos 600 voces que puedan darnos presencia y cercanía con la Sinfonía de los Mil”.

Ya está saboreando la acogida del público colombiano, acostumbrado a corear: “oootra, oootra, oootra”. Lo que es sorprendente es que el estribillo se repita en un concierto sinfónico. “Vemos que el músico se está desbaratando y sudando y pedimos más. Este tipo de público se enardece con esa entrega”. Y, claro, el maestro Enrique Diemecke siempre les da el gusto a los que piden un bis.

Así sucedió aquella noche en el auditorio León de Greiff. La gente quería más. El director regresó y de un brinco, literalmente, retomó el podio. Algunos le han dicho que ese salto se parece a las efusivas expresiones del director estadounidense Leonard Bernstein. No obstante, su energía se la atribuye a querer llegar a la memoria emocional, pues como dice: “Sin pasión, la música se convierte en un mero sonido de ambiente”.

*Publicado en la Revista Diners, abril 2011.
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