“Uno jamás se sube al podio con tacones”

Cecilia Espinosa es la única mujer en Colombia que se dedica a la dirección de orquesta como titular.

Cecilia Espinosa

 

Con su maestría ante el atril, sólo unos minutos bastan para que intérpretes y público se dejen envolver por su manera de entender y transmitir la música. Preludio Entra al escenario vestida de pantalón y camisa púrpuras sólo porque es un ensayo, de lo contrario estaría de luto. Entra sola, valiente, blandiendo la más frágil de las armas: una batuta.

Cabello a lo Beethoven (corto, desordenado), argolla sin compromiso, reloj en la muñeca izquierda, sin maquillaje, 50 años. La maestra Cecilia Espinosa Arango tiene la partitura como proyectada en sus manos, se balancea, parece que da un paso adelante y otro atrás aunque nunca lo hace en verdad. “Háganlo con intención apasionada. Que hipnotice por favor. Envuelvan con erotismo”, conmina.

Le busca la mirada a cada uno de los músicos como parte de la comunicación que debe asegurar un líder. “No se peguen tanto al papel, no puedo hacer conexión con ninguno”, continúa. Su expresión parece imperturbable hasta que las notas cambian la orden: alto, velocidad, clímax, afonía. Su rostro se conmueve y da un zapatazo. Cada vez que una pieza termina corrige y vuelve a corregir: “Están corriendo. Es tan cortica la diversión. Háganla durar más”. Es detallista, intensa. Mujer, al fin y al cabo.

 

Aprendiendo a sostener la batuta

Para llegar a ser en Colombia la única directora de orquesta titular, la maestra Cecilia Espinosa tuvo que olvidarse de que es mujer y demostrar, ante todo, que era una buena música. Primero tuvo que sustentarlo ante su familia, la cual ya había sumado varios éxitos con los números. De hecho, alcanzó a estudiar ingeniería de sistemas, pero se decantó por música en la Universidad de Antioquia. Con el tiempo demostró que conducir una sinfonía era un oficio de precisión casi matemática.

Otro giro. Cecilia concluyó su carrera en Estados Unidos, pues no soportó la discontinuidad de la educación pública, tan susceptible a cierres inesperados. Luego vinieron un posgrado en King’s College de la Universidad de Londres y un magíster en dirección orquestal en la Hartt School de la Universidad de Hartford.

Hartt y el Concierto para violín en Mi menor, de Felix Mendelssohn, le recuerdan la lección de su vida. En 1995, mientras estudiaba, se enteró de la muerte de su padre a causa de un cáncer. Viajó a su natal Medellín para una mirada final. En cuanto regresó a Norteamérica tuvo que dirigir aquella obra de violines sublimes. Según ella, todo lo hacía mal, hasta que un maestro le llamó la atención fuertemente. “Entonces reaccioné. Eso me enseñó mucho. Me dije que tenía que hacer música y sacarme la tristeza de la cabeza”.

Volvió a Colombia. Siempre lo hará: “Me importa lo nacional y quiero proyectarlo al exterior”. En la década del 90 llevó la batuta del Instituto Musical Diego Echavarría de Medellín. Allí se dio cuenta de la fuga de talentos a Bogotá por falta de alternativas en el campo. Acerca de la música sinfónica en Colombia, Espinosa cuenta que el público a veces prefiere ver por televisión a la Filarmónica que salir de su casa y pagar por el concierto. “Hay que rescatar el valor de la música en vivo. Es un fenómeno irrepetible, casi como una faena”, insiste.

 

Dirigir es para mujeres bien “machas”

“Mientras yo esté aquí ninguna mujer llegará a este podio”. Espinosa Arango ya ha escuchado varias veces la sentencia. Prefiere callar. No entraría por una puerta que le fuese abierta sólo por ser “ella”. Ser músico no tiene género. En cambio, sí puede ser prodigioso o atroz.

La cuota femenina sigue siendo ínfima en esta área. De 17 directores que ha tenido la Filarmónica, sólo una fue mujer, la peruana Carmen Moral, quien condujo el grupo entre 1988 y 1991. “Es que ella sí tiene cojones”, decían los músicos. Aún cuando se han ganado el espacio, a las mujeres les queda la dura prueba de desprenderse de su esencia y volverse un poco más recias.

“Si uno se acerca con dulzura no es bien vista por los músicos, pues significa falta de comando”, afirma Espinosa. Pero ella le hace trampa a la regla. Es estricta, pero también tiene buen humor y cercanía con la orquesta. “Respeto a los músicos, trabajo en cooperación con ellos. No veo al director como a un dictador”.

Todas las grandes batutas son adictas al trabajo. Esta paisa no es la excepción. Conduce casi una obra diferente cada semana. Es directora de tres coros en Medellín, de la Orquesta Sinfónica de Eafit y de la Orquesta del Departamento de Música de la misma universidad.

También ha trabajado con la Orquesta Filarmónica de Bogotá y con sus pares en Cali, Barranquilla, La Habana, Caracas y otras ciudades de Italia y Estados Unidos. ¿Casada, con hijos? “No, no podría. Estoy casada con la música. Esto me invade. Me levanto y me acuesto pensando en música. Sueño música. Como música”. Ojos abiertos. Sonrisa larga.

 

‘Finale’

Negro atuendo. De resto, igual: argolla, reloj, ausencia de lápiz labial, pelo espontáneo. Apenas si ha dormido. Esta es la vida real, con público, con el estómago revuelto. Ama sus nervios. Ha pedido el camerino izquierdo. Un agüero. Entran primero los músicos. Aplausos, silencio. Ahora ella. El estómago hace fiesta. Muchos nunca han visto a una mujer armada con batuta. Los acordes a continuación resultan seductores y, en cuestión de minutos, los asistentes dejan de ver a una mujer o a un hombre.

Ahora Cecilia Espinosa es una herramienta de la música. Claro, sin su orquesta sería una figura evanescente. Mira poco el atril, casi que se sabe de memoria el score (partitura general). Días antes practicó hasta el cansancio en el piano. Avanza la melodía. Se van apagando los instrumentos. Suena la última nota y se pierde entre los recovecos del teatro. La orquesta logró “envolver con erotismo”.

 

Publicado en El Espectador, 15 Noviembre 2010

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