Cuento de cuna para un amante

Ahora tiemblo. Creo que si continúo no podré mirarte a los ojos la próxima vez que nos veamos… y tienes unos ojos bonitos, sería una lástima.

Hasta ahora no he dejado que me toques, sólo puedes observar. La dinámica se repite cuando entro a la ducha. Puedes ver, puedes preguntar y sobre todo, tienes que responder a lo que, ya te imaginas, son mis intentos por descubrirte, por ensalzarme (qué mujer no lo hace?), por aprovecharme y conocer, como pocas, tus palabras guardadas.

Soplas los labios, y mi lengua sobresale sin alcanzarte, más húmeda que cuando pronuncia la palabra deseo. Soplas la nuca y mi boca se cierra para sonreír. Es un gesto tímido, cortito. Vuelves a tomar aire desde mis hombros, por mis clavículas y renuncias en mi pecho.  Te detienes y apenas te quitas de encima el gabán, aún no interesa el resto. Apuntas de nuevo con ese esfero que no tienes idea de dónde sacaste. Entonces te pido que me leas un poco eso que escribes.

Escribes sobre mí. Escribes y soplas para que la tinta no se deslice. Aunque es inevitable. Alguien en mí, que no soy yo, tiembla al ritmo de un palpitar aturdido y suda. Persistes con trazos de pluma, con frases cortas para detenerse a cada rato. Chafas un beso a manera de punto seguido. Recurres a notas al pie por debajo del ombligo. Te extiendes en párrafos excitantes formados con las líneas de cada una de mis costillas.

Y me sonrío. Saberte tan cerca, tan concentrado en mi piel, con una voz que se derrumba en trazos excitantes, sin el afán de un joven amante, sin la perversión de un viejo de corazón frío. Sí, es suficiente para descubrirme.

Me desnudo en palabras, te dejo ver la intimidad de una sonrisa vertical, te quito las gafas, atrevo un beso en tu párpado derecho.

Tus sentimientos no saben decidir entre la ternura y la excitación.

-¿Qué es lo que más te gusta de mí?- pregunto.

-Déjame señalarlo de esta forma-, susurras.

Acércate. Vuelve a entonar esa canción, creo que la conozco. Acércate. Podemos ser una sola piel para aguantar lo que venga. Soportar la quema de las hojas que has escrito y tachado esta tarde. Resistir la soledad que empieza a asomar cuando el carbón de la chimenea desista de la luz. Releer cada nota al pie para aprehender cada detalle y así hacerle mofa a la aburrida estabilidad de los días con sus noches. Desandar los caminos que te inventaste para unir mi cuerpo en una sola imagen que jamás olvides. Reemplazar los rostros de todos los días y aferrarnos a nuestros propios gestos que gimen y a veces callan a manera de celebración.

“Aquella noche de verano, cuando yo te conocí, tan poquito nos miramos…”. Acaso si escucho esa letra de alguna canción que no reconozco. Es que te da por decirla contra mis labios. Lanzo el dado. Si cae impar haces lo que yo diga. Si es par, bueno, ya sabes.

Mi deseo… déjame entrelazar los dedos con los tuyos, sí, como si nos quisiéramos, así es mejor, viendo, saboreando, escuchando cómo te da por quererme de un momento para otro, aunque no me conozcas, aunque el cuartito que ahora compartimos no sea nuestro en realidad, aunque alguna vez te hayas quedando viéndome a los ojos, mudo, con mirada verde oscura, con odio de mármol, con improperios atrapados entre tus labios apretados, esos que ahora se aprenden mis cicatrices.

Sólo hay una forma de hacerme inolvidable, te digo. Ser una primera vez (¿cuál será?), un referente, una puerta por la que te asomes con curiosidad sin saber qué te espera el otro lado.

Agradezco que haya luz, aunque tenue, para que me observes. Detesto los amantes que se ocultan bajo las sábanas, entre las sombras, jugando a los ciegos. No. Yo quiero que me veas y guardarme también la imagen de tu cuerpo para las tardes tristes. Amarme sin zapatos. Que me beses los pies como un aviso silencioso de que vas a escalarme hasta que cruces la marca de mi anhelo. Que me preguntes las historias de mis cicatrices. Que me digas que te gusta mi lunar en la nalga derecha, aunque prefieres los tres puntitos que trazan un triángulo justo arriba de mis otros labios. Que te vuelvas un adicto a mis senos, sólo para llevarme la contraria cuando digo que por su tamaño nadie los nota. Derretir el chocolate amargo con el calor abrasante de la piel y me lo dejes probar de mi forma favorita: mezclado son tus labios. Esa es la suerte que me trajo un impar.

Te escribo desde la punta de mis fantasías lanzándome al vértigo de tu cuerpo. La pluma de mi índice derecho. La tinta de mi saliva. Luego invento una que otra palabra como solía hacer Cortázar. Talita, eg, liber, jinufa. Traduzco de a pocos mi petición. Sientes cómo se desliza ese velo misterioso, dejando a su paso hondos estremecimientos en tí. Me haces caso, te excita hacerme caso. Pesas sobre mi corazón, gobiernas mis miembros, estrechas mi cabeza entre tus manos para hacerme una invitación, nombras este lecho como nuestro, construyes una escalera hacia el dios que juras que no existe, apartas la cortina para que fisgoneemos nuestro reflejo, a veces tan inmóvil, otras, tan rápido que deslumbra. Me reduces a esa tarde (si antes era noche, ya es tarde) inventada. Te colmas en mí. Me corrompes. ¿Se nos acaba el tiempo? ¿Cómo sabremos que está a punto de terminar?

No, yo nunca te desnudé. Tal vez mi sangre, la de Jonás. No, yo no hago parte de ese pasado sin tiempo, tal vez lo hizo alguna amante, esa que a veces habita en mí y que sale cuando le hablan con versos excitantes.

Ya sabes cómo es ella, no yo. Ella, la de pelo oscuro, rojo al sol, azul en el reflejo. Ondulado justo para enredarse en falos y narices. Largo hasta sus senos. Ella, la de labios de bufón, así lo dijiste. Labios que te sonríen a la Monalisa, que te recubren, que te amarran cuando usan la lengua. Ella, la de 148 lunares mal contados. Yo sé que los miras, que te involucraste con el del final de la espalda, con el triángulo del pubis, con el de la rodilla derecha, con el de la encía.

Ahora te pediré que me dejes ocultar en tu recuerdo inmenso y luego estrecharte en tus fantasías nocturnas (¿cómo son?) con una niebla pesada, húmeda. Te pediré que la tibia manta de tu carne me evoque. Confesaré que luego requeriré nuevamente odas fugaces que tal vez fueron tinta, besos, pluma, respiraciones, chocolates para encontrar en tus rincones, letras que me cantas sin cantar al oído.

Mi boca canta elogios a la carne, a tu carne, donde sea que ésta comience, hasta su final en punta. Luego lanza palabras al azar de tu deriva. Sube, baja y rodea al compás de un gimoteo bien educado. Tiembla el cielo y vibra la tierra. Silencio. Es noche y ahora es luz. ¿Quién la va a apagar?

Fúmate un cigarro, dos quizá. Me excita la bocanada de placer que te llena hasta donde no pude llegar y que luego lo toca todo, liviana, apasible. Ahora dime cómo llegamos a este lugar, ya no recuerdo el pasado más allá de esa puerta.

Entonces noto que a veces, distraído, eres cariñoso.

Tiemblo. No hace mucho, por calles encharcadas, tenía frío a tu lado. Recé por tu respiración tibia sobre mi piel. Sorpresa grata. No contaba con el calor de las palabras, no importa cómo. Tinta diluida entre comisuras, poemas decantados en las sábanas, canciones viejas que tarareaba esa voz que ahora danza con el humo del cigarrillo. Entonces me vuelvo pesada sobre tu cara para devolverte el aliento. No, miento. Para volvértelo a robar.

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