Carta a mamá

Septiembre 8 de 2010

Todo estaba planeado perfectamente. A los 7 años había decidido que si mamá se moría, yo me abandonaría al vacío infinito de las escaleras de mi casa. No era un acto de suicida, sino de amor puro, pues para mí, no existía la muerte; estaba el cielo que mi mamá me había enseñado y era un lugar perfecto. En realidad, cualquier lugar era perfecto si yo estaba al lado de ella.

Por ejemplo, uno de los mejores lugares del mundo era la cocina de nuestra casa, con su luz tenue, con el sonido de la olla de fríjoles siempre pitando, con la pruebita exquisita de lo que mamá preparaba, con el infaltable puchero de aguadepanela, con comida para todos los gustos, desde mi vegetarianismo hasta la predilección por los sancochos de mi padre.

Mamá, la que nos cantaba a mis hermanos y a mí “la mar estaba serena, serena estaba la mar”, la que cantaba tan fuerte en la iglesia que de pequeños nos avergonzábamos, la que le hacía ropa a las Barbies, la que armaba zancos con latas de leche Klim para que  jugáramos, la que tenía el mágico poder de bajar toda una navidad de un pequeño y empolvado zarzo, la que lloraba a escondidas para mermar el riesgo de impregnarnos con su tristeza.

Mamá Blanca, blanquísima, la de la máquina de cocer, la del carrito rojo, la de productos Avon, la de eternas sandalias andando a ras de adoquines encharcados, la incondicional alcahueta, la que me dio la idea de ser periodista, la que se le sabe o inventa los nombres a todas sus alegres matas, la que nos daba fuertes palizas bien merecidas, la que se antojó un día de comerse a piolín, el pollo mascota de mi hermana Jenny, la que me nos obligaba con fuete en mano a leer las operaciones matemáticas en voz alta, la heroína que rescató a unas tres perras callejeras que siempre llamó ‘percanta’, la que algún día reencarnará en paloma blanca, blanquísima.

Mamá me recibe aún en su cama cuando la vida se siente tan pesada que el mejor refugio es ser pequeña de nuevo. Incluso fue ella quien me ayudó a vestir hoy. Es ella la que me peina de vez en cuando. Y lo hace también con mi hermana de 40 años, o con mi padre de 63. Sí, todos hemos sido terriblemente felices a costa suya.

¿Cómo podrían agradecerse tales regalos? Determinaron mi vida entera, mis aficiones: me hiciste el alma mamá.

Mamá tiene los ojos indefinibles. Tienen el color del trigo seco, pero lo que los hace particulares es ese brillo intenso tan parecido a un brote discreto de lágrimas. Mi mamá, la de ojitos tristes, aunque sus labios finos estén sonriendo.

Mamá tiene el alma de niña. Por ejemplo, una de sus mayores ilusiones, perdón madre que te delate, es que mi papá la tome de la mano para caminar por el pueblo y que todos digan “miren a los recién casados y miren esas bellas sandalias”, y que en la orilla de la tarde él meza su cuerpo al compás de una tonada alegre.

Te escribo esta carta, mamá, ahora que estás viva. Estoy segura de que los recuerdos aquí expresados son mi manera de resumir un sentimiento familiar.

Ahora que estás viva, mamá, te queremos regalar nuestra felicidad, nuestro goce por la vida. Estoy segura de que no pecamos de egoísmo, pues tus sacrificios te han hecho plena, por vernos con los ojos brillantes, con la barriga llena, con todos los dientes descubiertos. Algunos nacimos para ser escritores, otros, músicos, diseñadores o pintores, tú naciste para ser madre.

Gracias porque ahora que estás viva mamá, el cielo, ese que nos enseñaste, está justo aquí al frente de nosotros.

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5 comentarios en “Carta a mamá

  1. Muy lindo, Juliana, una gran descripción de una gran persona como debe ser tu mamá. Me alegra que este tipo de discurso se haga en vida, cuando aún podemos escuchar, cuando aún no somos palomas. También se me hizo un nudo. Un abrazo.

  2. que hermoso mensaje…llega al alma y al corazón…la verdad es que la mamita es lo más hermoso que podemos tener, por eso hay que cuidarla mucho…abrazos…

  3. Una carta muy hermosa!!un espejo en letras de cuanto la amas… así son ellas,unicas…..y las mejores en su profesión….

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