Sueño erótico de una noche de verano

Fotografía: Juditny

Por Laura Juliana Muñoz (Marzo 2010)

“Un toque de magia, un poco de humo, un poco de risa, un hombre, una bella mujer, un principio y un fin. Todo es ficción, una reconstrucción, pero aún así duele” (Reconstruction)


En aquel cuartito de hotel el calor la angustiaba. Era una señal pegajosa, asfixiante, monótona de la eternidad del tiempo cuando se espera algo. Con tantas horas arrumadas en un segundo, Alina alcanzaba a contar las perlas de sudor que iban cuesta abajo por entre su pecho, arrullarse sin llegar al sueño con la desafortunada melodía del frigorífico, llorar sin brote de lágrimas, arrepentirse del mundo y, al instante, rescatarse con algún merodeo de esperanza.

No encendió el ventilador por su fobia a los sonidos monótonos que se adueñan de un lugar en silencio. Tic tac. Gotas de tubería. Los pasos de un fantasma inofensivo. La polilla excitada por el bombillo y el infame mosquito en el rincón.

Interrumpió su zozobra para revisar la hora y verificar que ya era demasiado tarde para seguir esperando a que el timbre de su teléfono fuera el preludio de la voz de Ricardo. Estaba sola, sola con su excitación.

Ricardo amado, Ricardo maldito, Ricardo lejos. Te menciono mil veces, pero ni siquiera escucho tu nombre.

Al labio superior se le aferró una tristeza salada y antes de que se chafara sobre el suelo como una cruda bofetada, Alina se secó con su lengua seca, herida de muerte por los besos ausentes. Entonces se dijo que ya estaba bien de lamentaciones y, a manera de escape, salió al balcón del cuartito de hotel.

Abajo, Anuandó. Un pueblo ajeno a cualquier miedo, con sus tambores e instrumentos de viento para espantar el dolor de las nuevas fosas y de un hambre ya veterana. La luna se multiplicaba en cuencas llenas de una lluvia que había caído sin que Alina lo notara. Las soledades empezaron a buscar abrigo entre sábanas, o en una calle solitaria. No importaba. Todos parecían hechizados por la humedad y un calor que se alojaba en las entrañas después de un aguacero en un infierno como Anuandó.

A la izquierda, Dimas. En el balcón vecino alegaba histérico con una voz al otro lado de la línea. Andaba los pocos metros del mirador, envuelto en las cortinas humeantes de un cigarro tras el otro con algunos intervalos de mariguana. Era uno de esos desconocidos que ya se han visto en alguna parte. Tenía la gracia de una mirada vivaz aunque no apuntara a ningún lado. Cuando por fin sus ojos de noche sin estrellas se clavaron en Alina apagó el teléfono sin la última rabieta, sin el adiós.

Definitivamente te ves tan linda. Ojalá la vida nos hubiese dado la oportunidad de amarnos. Me hablas con los ojos, tienes dientes como de ángel pero tienes los labios de demonio. Tu sonrisa casi me deja ciego. Tienes corazón y amas, amas y no paras de amar. Crees que el único egoísmo es el de amar a alguien. A partir de este momento te nombro mi amor. Te guste o no. Y si no quieres no hay lío. Será un amor innecesario, pero al fin y al cabo amor.

Ella no esperaba una declaración, no andaba buscando a un loco como ella, pero quiso seguirle la corriente a esa gruta de mareas de lluvia olvidada, huirle al maldito cuarto donde la esperaba una llamada que no llegaba y mil arrebatos de perturbación.

-El amor, menuda palabra. ¿Cómo la encuentras en el diccionario, cómo la buscas en las esquinas de adoquín, cómo la dejas caer en la alcantarilla, cómo la vas dejando regada en los buses, cómo la acribillas luego del orgasmo que no volverá a ser?

-El amor es conexión. Un toque de magia, un poco de humo, un poco de risa, un hombre, una bella mujer, un principio y un fin. Todo impulsado por una simple conexión.

Volvió a cegar con su sonrisa de mil dientes y se le antojó dejar fluir las horas entre esa conversación sin sentido. Se echaron en el piso, uno frente al otro. El vestido de Alina se recogió sin remedio y dejó al descubierto parte del encaje de su braga negra. Dimas olvidó la palabra amor en un costado, junto con su cigarro, y se acomodó entre los bolsillos el deseo, puro y carnal deseo.

Tras las palabras entretenidas sobre el amor ya deshilachado o Anuandó de luces verdes se ocultaron disimuladamente los roces. Dimas había empezado a romper la barrera de ser un desconocido avanzando un centímetro, dos, tres, nueve, cuesta arriba por la planta de los pies. Cuando la mujer lo notó, él estaba lejos de ese límite y ya se había adueñado de un pequeño territorio de su piel para hundirla, frotarla, amarla como nadie más en el mundo. Entonces decidió descartar la idea de apartarlo de la dulzura impropia del anónimo y arroparse un poco con ese cariño recién inventado.

Luego el permiso llegó a las rodillas, al vasto intermedio, medial y lateral, al recto femoral. La ceñía con fuerza, con ganas carnívoras de arrancarle los músculos y llevárselos a la boca, morderlos, desgarrarlos, untárselos por completo en el torso.

Tienes un hombre en todo el cuerpo y en toda tu mente y en todas las noches desoladas. Mira mis manos, mira esas pequeñas cuotas de tu piel que se han quedado allí. Trato de desprenderlo, pero sólo obtengo que resurjan en seguidilla trozos y trozos de él.

Ricardo de ausencias, Ricardo de cardamomo, Ricardo el magno. Te menciono mil veces, pero ni siquiera escucho tu nombre. Alina no lo había apartado de su mente. Y el celular afónico. Se llenó de esa ira que se alimenta de la nostalgia, de la locura, del arrojo de una noche de verano. Tal vez por eso le pidió a Dimas que se asomara en su espalda como si ésta fuera un muro con escalera para husmear el otro lado del jardín. Y Dimas lo hizo.

Se inventó una ruta inacabable. Nacer en un par de curvas y diluirse en la nuca para evitar ser visto y mantener el secreto de que en verdad no era tan indolente. Mientras tanto, Alina se abandonó al momento, quedándose desnuda de su casa, de su razón, de su amor. Sólo aseguró su pecho con los brazos cruzados para cuidarse de no sentir. Pero la alcanzó la barba gallarda de Dimas, barba de mil colores, barba de textura de terciopelo azul. Una barba que hizo más largo el encuentro de los labios, se adelantó con roces contundentes y se quedó estampada en el estremecimiento de la piel que abandonaba.

Alina repudió el olor a tabaco de sus labios. Sintió mareo y un poco de culpa. En ese instante sus muslos ya presos entre el apetito de Dimas intentaron escapar como peces sorprendidos.

No se vaya, ¿qué más da? Ya me ha hecho el amor. Ahora sólo le propongo que se rehabilite mientras la observo cubierta de piel de oro. Quédese, arrópeme la vida.

Ella sintió que efectivamente debía curarse de Ricardo aunque sólo fuera esa noche, aunque sólo lograra hincárselo más allí, en otro cuartito de hotel que no era el suyo, con el mismo calor, los mismos sonidos monótonos, con la ventana del balcón abierta y las cortinas serpenteando a través de una luz verde, como de neón, que colmaba cada recodo de los cuerpos desnudos. Lo demás fue conexión,  voltaje, intermitencias, elevarse y esfumarse.

Después siguieron hablando ya no de ellos, sino del amor de verdad, del que se escapaba de ese tiempo y espacio, del que se redujo en algún momento a una simple llamada por teléfono. Fue eso lo que realmente los derrumbó, aunque dormir entre desconocidos sólo permitía un sueño tenue, alerta.

Justo antes de oler el amanecer Alina decidió brincar a su balcón, como desandando los pasos de un espectro que quiere olvidar. Quería que él pensara que había sido un sueño y ojalá uno bueno. Quería que la razón la recuperara a ella misma cuando estuviera vestida, pero Dimas alcanzó a asomarse desde algún delirio sometido a la almohada.

-Fui desterrado de tu cintura y me lanzarás a un rincón de tu oscuro cuarto de trastes viejos y ocres, donde el sol entra hecho muerte para oxidar. ¿Es el principio o es el fin?

-Ninguno de los dos, susurró Alina.

-El principio y el fin, el amor y el adiós. Ahora todo es ficción, una reconstrucción, pero aún así duele.

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