Un testamento de emergencia (I)

Un testamento de emergencia (I)

Para Petra mis sonetos, no estos, no los que el mundo conoce, sino los bastardos, los que arrumé en ese cajón que nunca se abre, en el que no entra ni el polvo ni un cacho de luz, sólo el paso del tiempo en esas letras que no tienen nada que decir, sino mi vida, la que escondí en dobleces luego de tardes de confesiones aciagas al fantasma de la tarde.

Y a Fausto el triciclo que me dañó, en el que sólo monté para una foto en blanco y negro, aunque el carrito fuera magenta, o yo que sé, es magenta porque así lo quiero recordar. Fausto, hermano, te dejo ese recuerdo para que sepas que no me duele, que en verdad me causó gracia que un hombre quisiese dominar un juguetito sencillo, únicamente eso aunque pudiera tenerlo todo. Qué sencilla se vio la vida.

Las tardes de los primeros sorbos de café, de ese tinto concentrado en una vajilla minúscula de porcelana con tres flores blancas pintadas, se las dejo a doña Margarita. Sólo se me ocurre en el paladar un recuerdo dulcísimo. También intuyo un aroma voluptuoso por toda la casa de mi vecina, la única que preparaba el mejor café del mundo… aunque ella ahora está muerta, qué paradoja. Y ni siquiera un adiós, o un traguito más de esa flor innombrable que sólo había en su jardín, a la que yo le cuchapa el fundillo para robarle la miel. Pereció lejos de aquí, infeliz porque ya no podía chismorrear con los centinelas de la villa  y convencerse de que todas esas historias eran la suya. Al menos nunca envejeció, simplemente ya estaba vieja y así permaneció  durante muchos años.

Para Celso mi escondite en la escuela, justo detrás de la caseta de comida, allí donde jugábamos a ser grandes y a amarnos, porque amarse eran los besos chiquititos que apenas frisaban los labios, risas sin motivos, letras obvias sobre hojas de cuaderno, jamás encontrarnos en los ojos, inocencia de no saber qué era en realidad el amor.

A Sofía le quiero dejar mi colección de puntas de colores, las que recogía mientras los demás niños jugaban con plastilina y aunque al final hubiera una reprimenda por tener las rodillas negras negras de mugre y aunque se me hubiera quebrado la botella donde las guardaba, esparciéndolas por miles en los dos pisos de la casa y dejándome sin ganas de volver a atesorar una sola punta más en mi vida. Pero te las doy, Sofi, para que no se te olvide recogerlas y esta vez no permitir que se te pierdan.

Y Oliverio que se quede con todas mis letras, aunque mi corazón no quepa en un solo poema. Pueden empezar en el cuello, con trazos suaves, con tacto de pluma, con frases cortitas para detenerse a cada rato y chafar un beso como si fuera un punto seguido. Luego se pueden extender en párrafos excitantes y deslizarse por los lados de su espalda hasta colarse en un lugar tan común, pero del que jamás me cansaría.

(Continuará)

Mayo 2010

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