Libro adentro

Libro adentro

Por: Laura Juliana Muñoz
El escritor bogotano nos enseñó los secretos  que guarda entre sus miles de solapas.

Gonzalo Mallarino
Una biblioteca se vuelve la otra dama de la casa, aquella que entra tímida, se instala en un rincón improvisado y aguarda silenciosa a que llegue su momento, cuando ya se hayan ido los niños, la esposa esté dormida, los perros desistan en rasgar la puerta para salir al parque. Después se mete en todas partes hasta que se convierte en una sublime adicción. Está en el comedor, en el cuarto nupcial, en la cama doble, en la mañana y en la noche también. Se vuelve de todas las edades, de todos los gustos. Imposible de desaparecer. Esta dama, o mejor, la dama de Gonzalo Mallarino, tiene sus cuentos por echar.

Tal vez ella fue la razón para que Mallarino Flores escribiera poesía, aún cuando sus años de estudio y trabajo se los había dedicado a la economía y a la administración. ¿De qué recuerdos agarrarse, de qué escenarios impregnarse o a qué anhelos recurrir para dar con la columna vertebral de su primer libro? De pronto, en la década del noventa, paseaba por el Cementerio Central de la capital y se detuvo en la sepultura de las musas de sus primeros cuentos: las hermanas Bodmer. Había desarrollado una obsesión sana por adoptarlas y llenar con la imaginación los vacíos de su historia para que no les faltara nada.

Así supo que “lo único certero, cercano y verdaderamente íntimo que tenía era Bogotá”. Luego reconstruyó la ciudad a partir de la enfermedad porque, según dice, es una condición extrema que incluso está al mismo nivel de la inequidad, la injusticia, el desprecio por lo popular y el maltrato a la mujer; componentes que logró agrupar en su trilogía cachaca: Los otros y Adelaida, Delante de ellas y Según la costumbre. Después de su reciente novela, Santa Rita, Mallarino prepara para el primer trimestre de este año el lanzamiento de una más, cuyo nombre se reserva para evitar la mala suerte.

Cada quien tiene sus mañas para saber dónde guarda un libro entre un millón. Gonzalo Mallarino divide su biblioteca en textos de prosa, poesía, arte, en reliquias antiguas y en “sus mil”, una selección que reposa en su habitación y que contempla autores como los colombianos Mario Rivero y Fernando Vallejo, el italiano Salvatore Quasimodo, los tradicionales Miguel de Cervantes, Antonio Machado, Marcel Proust y Federico García Lorca, tan obligatorios como placenteros. Son muchos, muchísimos, y a cada uno “los reconozco por el lomo, como si fueran mis gatos”.

Sobre la mesa de noche hay una modesta lámpara; una foto de María y Gonzalo, sus hijos; El Ruedo Ibérico, una trilogía de inicios del siglo XX escrita por el español Ramón del Valle-Inclán; y una antología de poesía de la llamada generación del 27. Con eso entra en el sueño todas las noches. ¿Hay acaso algún momento en el que no lea? “Los sábados porque juego fútbol”. Esta es la única pasión que puede robarle la atención que mantiene puesta sobre la gran dama.

(Publicado en El Espectador, 28 de febrero 2010)

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