Amores desmovilizados

Parejas que huyen de la guerra

Amores desmovilizados

Por: Laura Juliana Muñoz
Según el Ministerio de Defensa, cada vez más combatientes dejan las armas con sus compañeros sentimentales.

Desmovilizados enamorados
Fue por amor que Wilson Bueno, alias Isaza, tuvo la valentía para escabullirse del frente Aurelio Rodríguez de las Farc con uno de los secuestrados mejor custodiados, el ex senador Óscar Tulio Lizcano. En abril de 2008, seis meses antes de la fuga, su compañera sentimental Lilia Bañol se había desmovilizado y lo estaba esperando. Hoy en día la pareja de ex guerrilleros vive su idilio de amor en París, donde reciben asilo político.

El caso de Elda Neyis Mosquera, alias Karina, quien se desmovilizó con su novio, Abelardo Montes Suárez, alias Michín, no es tan afortunado. Ambos se entregaron a la justicia por el deseo de Karina de ver a su hija. En la actualidad están retenidos porque deben responder por los crímenes de lesa humanidad que cometieron durante su paso por el frente 47 de las Farc.

Historias como éstas en las que el amor es el detonante para que los combatientes decidan entregar las armas son cada vez más frecuentes, según afirmó el coordinador del programa de desmovilización del Ministerio de Defensa, coronel Mauricio Luna: “Uno termina halando al otro. Sobre todo la mujer al hombre. Es común que primero se entregue uno para sondear el terreno y luego se comunica con su pareja para que también se escape”.

En situaciones tan extremas que se viven en medio de la guerra es común que los combatientes busquen apoyo con una pareja sentimental. En otros casos, hay mujeres que quieren codearse con los altos mandos para obtener favores tan simples como una peinilla, una radio o un champú.

Las ganas de huir llegan con los celos entre “camaradas” o cuando desean tener una familia. Según las normas de las Farc, la mayoría de mujeres embarazadas deben abortar. En el caso del Eln, pueden tener hasta un hijo cada tres años con la condición de entregarlo a un familiar cuando haya cumplido dos meses de nacido.

De acuerdo con varios testimonios de personas reinsertadas, la otra causa más frecuente para que abandonen su lucha en el conflicto armado es la presión que en los últimos años han ejercido las Fuerzas Militares. Cada vez hay menos comida, medicamentos, dotaciones y la presencia del Estado los está replegando a selvas más espesas.

Uno de los mayores obstáculos para la desmovilización es la creencia de que los van a meter presos, a matar o a las mujeres las van a violar. Por eso el Gobierno trabaja en diversas campañas de comunicación para cambiar esta idea. Muchos ex combatientes coinciden: es más fácil acoplarse al programa si hay alguien por quien seguir luchando.


Amar y parir en el monte

Antes de conocer a Carlos, a Rosa le daban asco los hombres. Si se había hecho miembro del Eln desde los 15 años fue precisamente por huir de su padrastro, quien había tratado de violarla en varias ocasiones. “Pero cuando lo vi, todo moreno, todo sudado, bañándose en ropa interior, ¡me encantó!”, recuerda.

Se conocieron en una concentración del grupo guerrillero en diciembre de 2000, cuando ella llevaba sólo un par de meses combatiendo. Él, de 18 años, también se enamoró de Rosa. Para Año Nuevo ya eran pareja y tres meses después ella quedó embarazada. A diferencia de las Farc, el Eln les permite a las mujeres tener hijos siempre y cuando los entreguen a los dos meses de nacidos a un familiar o conocido. Pueden tener hasta un hijo cada tres años, de lo contrario, deben abortar.

Su embarazo estuvo lleno de tragos amargos, pues Carlos debía dejar el campamento con frecuencia para jugarse su vida en la guerra. Finalmente, dio a luz en medio del conflicto armado, atendida por una partera empírica y casi sin medicamentos. Como estaba sentenciado, a los dos meses fue separada de su hijo.

Para colmo de males, uno de los comandantes empezó a asediarla y, al recibir la negativa de la mujer, la separó de su esposo. Aunque pudieron reencontrarse varios meses después, se dieron cuenta de que en la guerra todo se vale, menos el amor. Por fin en 2005 decidieron dejar tirados sus fusiles y se escaparon a medianoche.

Duraron un año escondidos con su hijo, pues, como la mayoría de combatientes, le tenían pavor a la desmovilización. Sólo hasta que Rosa quedó embarazada de nuevo le pidieron ayuda al Estado.

Ahora ella tiene su propio salón de belleza, pues tuvo recursos económicos y capacitación con el programa de reinsertación del Gobierno. Carlos es mensajero. Ambos aprendieron a usar un arma sin terminar siquiera el bachillerato. La vida no ha sido fácil y tal vez nunca lo sea, pero, como dice Rosa, “si allá en el monte la gente supiera lo que en realidad es la desmovilización, muchos dejarían las armas”.


“Tenía que matarla, pero me enamoré”

Después de varios días de caminar entre el monte con dos ‘camaradas’ para cerrar un negocio de droga, Blanca empezó a sospechar que iba rumbo al matadero. Le pareció extraño que la hicieran quedar hasta el final de la compra, pues a ella sólo le correspondía hacer el contacto con el cliente. Aun así siguió adelante, “porque yo era firme, amaba a las Farc”.

La orden secreta que tenían los otros dos guerrilleros era que una vez cerraran el trato con el comprador de coca, debían matarla por “torcida”, por ser informante del Estado, según creían los altos mandos.

Sin embargo, en medio de la misión tuvo que dormir improvisadamente con Fabio, uno de sus compañeros. Ella era una mujer de 34 años, alegre, coqueta, que ya había enterrado a cuatro esposos, el último de ellos asesinado por los paramilitares (la razón que la llevó a buscar venganza aliándose con las Farc). Él, de 32, combatiendo en el monte desde los 12 años, soltero, tímido. Al día siguiente despertaron abrazados, envueltos en un amorío irremediable.

La relación entre los dos no fue mal vista, pues “así ella se mantendría ‘mansita’ y sin sospechas hasta que llegara la hora de ‘pelarla’”, recuerda Fabio. Pero después llegó “lo que se dice el amor”, reconoce con una sonrisa tímida. Por eso, cuando se acercaba el momento fatal, Fabio se inventaba buenas excusas para mantenerla más tiempo con vida: “Mire que este negocio estuvo bueno. Dejemos que haga uno más y ahí sí la desaparecemos”, les decía el guerrillero a sus jefes.

Luego de dos meses de andanzas, el tiempo de Blanca se terminaba. Entonces Fabio resolvió proponerle que se esfumaran de las Farc y se casaran. Ella no quería desmovilizarse, pues había creído durante años que luchaba por la igualdad, que era parte del ejército del pueblo. Pero cuando su amante le confesó que debía matarla ella se desilusionó. “Tantos años de sacrificio, de no ver seguido a mis cuatro hijos, de tener sólo enemigos en todos lados. Perdí el tiempo”, pensó la mujer.

Se querían y se imaginaban juntos, vivos. Por eso, en agosto de 2009, escaparon y un mes después entraron a un programa de reinserción. Hoy en día tienen un local de artículos tecnológicos. Fabio está terminando el bachillerato y espera que en junio, cuando se casen, él no corra la misma suerte de los anteriores maridos de Blanca.

(Publicado en El Espectador, 27 de febrero de 2010)

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