Cómo hacerle el amor a una mujer

To really love a woman
See every dream
And give her wings when she wants to fly
Tell her that you will always be together
Really taste her until you can feel her in your blood
(Bryan Adams)

Oliverio. Él sí sabía cómo hacerle el amor a Dominique y no sólo hablo de dejarle tendidas cada amanecer, así fuera de tarde, sus sábanas felices. También lo digo porque sabía cómo barajar a su lado las horas entre la tos de la ciudad o la sombra cálida de una casa pequeña. Sabía, óigame bien, darle sensaciones tan anchas que con frecuencia ella se sentía embriagada desde el tacto hasta el paladar. De pronto era por eso que desde que lo conoció nunca le faltó el atrevimiento, ni siquiera por el miedo de quedarse fuera de él, sin él.

¿Cómo lo conoció? Por casualidad, como todas las presentaciones que forzamos porque las pupilas se nos quedan atascadas en un simple sujeto que sobre sale entre la muchedumbre o porque se meten en un día cualquiera sin siquiera preguntar si tenemos el corazón habitado. Aunque tal vez el romance con Oliverio no tenga un principio realmente. Más bien es una cadena de simples eventos.

Por eso, por eso mismo, Dominique se sintió feliz, aunque estuviera entumecida por la lluvia o aturdida por el tráfico, cuando vio llegar a Oliverio con el carro cubierto de pequeñas flores de color magenta, pues del árbol de su casa se desprendieron botones de violeta que estallaron sobre el capó y el parabrisas.

También la hacía feliz repasar con Oliverio sus recuerdos de otros lugares, de otros tiempos, incluso de sus otras mujeres. Eran pequeños tesoros regados por toda la casa o relatos ambientados por los labios, las manos, el brillo que uno cree adivinar en la mirada del otro.

Oliverio le dejó un nudo que siempre palpita aquí en la garganta y más abajo, más, también. Los demás hombres no se comparaban. Daban abrazos demasiado apretados, recorrían la piel con innecesaria humedad, acariciaban en vano zonas poco sensibles y hacían movimientos que a ella le importaban un pito por obvios, por egoístas, por repetir las mismas declaraciones de amor que ya habían malgastado con otras. Y Dominique detestaba ser otra más.

Oliverio, en cambio, bosquejaba caricias periféricas, trasversales, hondas, superficiales. Le surgían, de pronto, besos calmantes que luego se convertían en derroche de placer, tan insoportable a veces, tan premonitorio siempre. Es que le quitaba el aliento antes que la ropa, antes de quedarse allí donde la piel siempre es acogedora y húmeda. Y ¿sabe? tal vez le bastaba con esos ojazos verdes clavados en los de ella. Con eso él no tenía que construir una sola palabra para decirle que en ese momento era la mujer más bonita del mundo, así no fuera cierto.

Luego -me contaba Dominique con la expresión encendida- quedaban anclados en la oscuridad para evitar que amaneciera. Luego ella se quedaba mirándolo, desvelada, para que el espectáculo de un hombre que duerme, inocente, tranquilo y todo de ella no fuera inútil. Cuando el alba se les colaba por entre las persianas él la despertaba con una ráfaga como de besos sin fatiga que se tomaban la curva de la espalda y se volcaban en el abismo de la nuca.

Ahhh… el cuerpo de Oliverio. Yo nunca lo ví de cerca, pero Dominique decía que la estremecía siempre. Es precisamente el estremecimiento lo que permite descubrir la belleza. O a veces uno simplemente se enamora de alguien cualquiera y eso es todo. Sin estrategias, sin prototipos, sin porvenir.

No crea que Oliverio era perfecto. De hecho estaba lleno de daños. Él mismo se le presentaba como un hombre, un simple hombre y su pasado a cuestas, un hombre y sus neurosis diarias. Así se limpia esto, allí se bota aquello, no dejes eso allí. Yo diría que la imperfección lo hacía más personal, si se quiere más íntimo, más lleno de recovecos por explorar.

Dominique amaba también su ausencia, sus dosificadas indiferencias y la luz de las velas -¿quién no ama la luz de las velas?- para descubrirlo tramo a tramo. Ay! si el se fuera… Dominique se rompería en mil pedazos, como si la pena la pudiera repartir por el mundo y no cargarla toda a la vez. Qué lástima no tener un teléfono para llamar a Dios, qué pena que el aire frío se impregne en el cuerpo por siempre.

Él sabía cómo hacerle el amor a una mujer, o al menos a Dominique.  ¿Por qué? Tal vez uno simplemente se enamora de alguien cualquiera y eso es todo. Sin estrategias, sin prototipos, sin porvenir.

***

Publicado en El Magazín de El Espectador, 1 noviembre 2011

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3 comentarios en “Cómo hacerle el amor a una mujer

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