Relatos de miedo para negros

Comunidades afrodescendientes e indígenas denunciaron cómo son arrinconados por grupos al margen de la ley a lo largo del río Atrato.
 
Corrupción y los grupos armados en Chocó

Foto: Laura Juliana Muñoz
Las venas del río Atrato —sus cuencas y selvas remotas— se desangran, todos lo saben y nadie dice nada. “Tenemos miedo”, confiesa la gente a lo largo de las corrientes atrateñas, desde la cordillera Occidental de los Andes hasta el Golfo de Urabá. En los municipios de esta zona, ubicada en las entrañas del Chocó y Antioquia, se vive el desplazamiento gota a gota, la extorsión y el reclutamiento forzado, acciones motivadas por un territorio rico en recursos naturales que por ley ancestral le corresponde a las comunidades negras e indígenas. El resultado: la pobreza y su sino desesperanzador.

Un río sucio

Cerca de la desembocadura del caudaloso río en el mar Caribe está el Bajo Atrato. En la orilla de cada municipio el ritual se repite: los niños juegan hasta el cansancio entre el fango y el agua justo al lado de unos destartalados baños públicos que contribuyen a la visible contaminación fluvial, los lugareños recogen el agua lluvia que han de beber, las mujeres lavan ropa desde que sale el sol hasta que se oculta en el líquido horizonte, los hombres navegan en largas canoas para pescar lo que toda su comunidad va a comer al desayuno, almuerzo y cena.

En este tramo del Atrato se encuentra Riosucio, donde se escuchan las primeras denuncias sobre la explotación indiscriminada e ilegal de madera en todo Chocó. Como lo afirma la Asociación de Comunidades del Bajo Atrato, cerca del 90% de la madera que sale del departamento es ilegal, pues sin el permiso de los consejos comunitarios es extraída por comerciantes y nativos al servicio de las Farc, ‘Los Rastrojos’ y las ‘Águilas Negras’, quienes buscan un medio de financiación. De acuerdo con Codechocó, en 2008 fueron incautados 1.200 metros cúbicos de madera. Para colmo, los cortadores y comerciantes que cuentan con el salvoconducto de su consejo deben pagar un impuesto a estos frentes.

Según informes de la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, las ‘Águilas Negras’ trataron de reunirse con los representantes de consejos humanitarios del Bajo Atrato en las que solicitaron entre el 10 y el 15% de los metrajes autorizados. Asimismo, el personero de Riosucio, Darío Blandón, denunció que las Farc no permiten que muchas comunidades que se niegan a pagar la ‘vacuna’ corten madera. La extorsión y la presencia armada han seguido generando desplazamiento, sobre todo en las veredas de las cuencas del río.

En Riosucio las quebradas se tapan por la contaminación, las escuelas se caen, los desplazados no retornan a sus tierras. “Me desvela la corrupción. Este municipio recibe $12 mil millones al año, ¿dónde está ese dinero?”, increpa Blandón.

Cortando palma

Cuando Enrique Petro ve una palma quiere arrancarla, cortarla, desaparecerla. “Estas plantas fueron regadas con la sangre de mis compañeros”, dice. Para poder sembrar cerca de 25 mil hectáreas de palma de aceite, empresas privadas respaldadas por las Autodefensas Unidas de Colombia desplazaron a cientos de campesinos del municipio de Curvaradó, pues se rehusaron a vender sus propiedades. “Esto no es mío, es de mis hijos”, les respondió en 1997 Petro, en plena incursión paramilitar con la autoría de los hermanos Castaño. Por sus palabras lo amenazaron una y otra vez. El campesino se resistió a huir y solicitó ayuda a la comunidad internacional y a la organización no gubernamental Justicia y Paz. Luego vino la desmovilización. Sólo en 2002 pudo regresar a casa sin su esposa, pues ella sigue con miedo y no quiere recordar el asesinato de dos de sus hijos cuando no quisieron unirse a las tropas paramilitares. Petro también llora al nombrar a sus muertos.

Hoy en día los habitantes de Curvaradó han recuperado, según dicen, sólo 500 hectáreas de sus propiedades. No se rinden, quieren lo que les corresponde. Para su fortuna, la palma no se volvió a sembrar. La que queda la están cortando ellos mismos. Lo disfrutan, aunque diariamente se sientan amenazados.

Bojayá en el olvido

De la Bojayá de la masacre del 2 de mayo de 2002, en la que perecieron 120 personas, quedan sólo contadas estructuras que parecen los vestigios de una ciudad antigua. Parques sin niños, escuelas aún con pizarras y heridas de proyectiles, y la iglesia donde las víctimas buscaron sin éxito sobrevivir al fuego cruzado del enfrentamiento a muerte entre las Farc y las Auc.

A pocos kilómetros se encuentra Bellavista (Bojayá), a donde fueron trasladados los habitantes del adolorido pueblo que no se refugiaron en Quibdó. El casco urbano está a unos diez minutos del Atrato. Ellos se quejan de que los alejaron del río, el río en el que los niños jugaban, las mujeres lavaban la ropa y los hombres pescaban. Las casas son grises, sin pintura, sin flores. A la gente no le interesa decorar. El camino al cementerio tiene maleza espesa. Pocos lo visitan. La mayoría de las inscripciones de las sepulturas de los inmolados del 2 de mayo han desaparecido. Nadie se queja, parece que no quieren recordar.

Además de las heridas, los problemas sociales y económicos son agudos. El alcalde del municipio, Manuel Joaquín Palacio, asegura que hay un déficit de $15.500 millones que aumenta todos los días. En la alcaldía los empleados no reciben su sueldo desde hace tres meses. Las cuentas de la calidad educativa y de salud están embargadas.

El último puerto

Antes de llegar a Quibdó, capital chocoana, era imposible ver carros en medio de la población, la energía abandonaba los pueblos después de las 10 de la noche, las gentes excretaban en el río, las únicas vías eran tablas de madera entre una casa y otra, y las viviendas se erigían a un metro sobre el suelo para afrontar las constantes inundaciones. En este casco urbano la muerte y el desplazamiento no ocurren en cifras alarmantes como en años anteriores (ver “Nuevas armas de la guerra”), la resolución de problemas se hace desde la emergencia humanitaria y no desde el epicentro, y aunque la infraestructura es más deseable, los actores armados asestan cada día un golpe que duele desde las entrañas hasta las lágrimas.

Publicado en El Espectador, 11 octubre 2009

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2 comentarios en “Relatos de miedo para negros

  1. JULIANA, mi cronista preferida, me llama mucho la atención la forma que tienes de retratar con palabras hechos tan sumamente delicados y graves, sigue adelante, el periodismo de denuncia es el que más le sirve a la sociedad, por que muestra verdades, muestra rostros y tambien historias reales sin maquillaje, para darnos cuenta realmente de quienes somos y para donde vamos, un fuerte abrazo.

  2. Hola Juliana… Que tan triste y preocupante este artículo, dónde siento la tristeza de las personas simples y humildes de este lugar. Hace algún tiempo, que leí acerca de la cruel matanza del 2002, y hasta ahora no encontré ningún relato de que los responsables tengan sido encontrados o punidos. Tras leer tu artículo, lo pongo en mi mente con otros casos de violencia que tengo leído ultimamente. Me gustaría comprender, porque poco o casi nada se ha hecho por las autoridades gobernamentales, para ayudar definitivamente estas personas. Yo, muy particularmente, miro a Colombia con otros ojos, o sea, la veo como un gran, hermoso, libre y súper maravilloso País, pero, cuando tomo conocimiento de las terribles cobardías en contra su gente humilde, mi corazón se queda en un terrible y angustiante vacío. Que no comprendo, es lo porque de no haber una fuerte y concreta iniciativa del gobierno Uribe, para buscar direccionar fondos de ayuda para amenizar la vida sufrida, de tantas poblaciones indefensas en Colombia.

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