Al desayuno, un hombre

“Rara vez se empieza por un desayuno juntos”
Oliverio. 

Por aquel entonces ni siquiera habías acariciado la idea de que un día cualquiera recobrarías la conciencia, en un duermevela y con el corazón acelerado, antes que el despertador, y contemplarías a aquel hombre de la barba perfecta, la de los mil colores, la que irrita levemente tu piel de tanto besar todos tus labios, la que no alcanza a enredarse en tus dedos que tanto la repasan como si quisieran hacer cantar a un instrumento.

Tampoco intuiste que desde la punta del recuerdo él te miraba, y quiso pensarte por un rato más antes de dormir, y unos segundos tal vez en el supermercado, hasta que al fin te llamó. Te llamó para despedirse bien, porque no le gustan las conversaciones inconclusas, porque tal vez sea él a quien le gusta decir adiós.

No obstante tu abstinencia resignada ante tal bocado de ojos, de piel, de manos, de dientes; no obstante tu tartamudeo evidente que se entrelaza con su voz y de su voz sus historias y sus viajes y sus proyectos y sus bromas y su pasión por lo que hace; y no obstante las demás mujeres que lo ansían como tú, o más que tú, fue él, él, él… el que partió la respiración con un beso perfecto.

Entonces supiste que era real el mariposario en las entrañas, el que se te encarama en la garganta. Por eso no puedes hablarle como a cualquier otro hombre, de esos que pasan desapercibidos entre las aglomeraciones diarias de gente, de humo, de ideas, de besos sin importancia. En cambio a él lo viste como si fuera el único comensal en un restaurante con las mesas ocupadas y sin pensarlo escogiste una butaca a su siniestra. –¿De dónde saliste?- Dijo. Nunca le diste una respuesta. No lo sabes. Él también fue una súbita aparición.

Y te regañas porque no tienes idea qué hacer, porque lo de las mariposas sólo pasa cuando eres inocente y no cuando crees que ya eres fuerte, que las lágrimas te arrugaron un poco el corazón y que eso te hace inquebrantable ante los embates del amor. No, la verdad es que eres tan débil como siempre, pero con aleteos el estómago.

Vuelves a sus labios palpando los tuyos. Te hace feliz de repente. Su mano apoyada en tu espalda, resbalándose hacia la nuca, atreviéndose a halar un poco algún riso suelto. Te sientes segura de pronto. Y crees que puedes escribir un cuento largo para él aunque sólo se hayan visto un par de veces y crees que lo quieres porque de lo contrario no lo mirarías a los ojos mientras besas la punta de su nariz. Te sonríes de pronto.

Así fue como acabaste en el duermevela inevitable de estar entre sus brazos. Te preguntas si acaso habrán tenido una conversación de sonámbulos en la que las palabras secretas del inconsciente se revelan, como las fotos, en la oscuridad de aquel cuartito donde se hace tarde y nadie lo nota. Nadie lo sabrá nunca. Luego presientes la fragancia de su piel que absorbe lentamente el sudor que juntos se inventaron y decides que tú también olerás a eso para recordarlo en las caminatas apresuradas.

En lo inverosímil, lo inesperado, lo hermoso, la noche, la danza de cuerpos ajustados, la llamada… así fue como sigues, igual que al comienzo, buscándolo a él, sólo a él, para el desayuno.

(Para Oliverio. Septiembre 2009)
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