Oda a tu barba

La barba de Gael G.B.

Contigo dejé de temerle a la oscuridad. Siempre me dices que todo es cuestión de la luz, de su intensidad, de su posición. Y siento que a veces en esa oscuridad vive la luz, sólo que está escondida, o es un poco menos densa de lo que nuestros ojos la pueden percibir. Hay que aprender a verla entre sábanas, persianas cerradas, párpados que besan, sonrisas que se evitan.

Esa tarde, que empezaba a abrazarse con la noche brillante de la ciudad, pude ver en la oscuridad gracias a esa barba de los mil colores que nacen de tu luz. Distinguí primero la estela más brillante. Tenías canas entre tu barba, esos vellos transparentes que salen cuando un buen pedazo de vida ha pasado por tu cuerpo, cuando varios labios han besado sutilmente -para no hacerse mucho daño- la piel que rodea tu boca, para hacer más largo el encuentro, para hacer eterno el beso que se da con amor.

El resto tuve que verlo con mis manos. Estoy segura de que entre mil rostros distinguiría el tuyo a ciegas, gracias a tu barba. Es gruesa y tiene la capacidad de rozarme la piel con más fuerza cuando es corta y que puede acariciar con delicadeza cuando la dejas crecer un poco, no mucho, y le das vida mientras la aprisionas contra mi pecho y mi abdomen. Esa tarde, cuando ya no era tarde sino un tiempo abrazado con la noche de una ciudad en la que sólo se escuchaba la batalla épica entre las gotas gruesas de lluvia contra charcos inmensos de agua, supe que tu barba también era roja. Roja por el color de algunos pelos dispersos, pero sobre todo roja porque ese es el color con el que se bautizó a la pasión.

No querías bajar del abdomen, pero tu barba se adelantó y rozó ese punto que es como la flor atrevida que dispone el néctar en su centro. Te moviste hacia abajo, los vellos raspaban con carácter. Sentí eso en cada espacio erizado de mi piel. En cada intervalo entre el arriba y el abajo, tuve tiempo para extrañar el roce de la seda gruesa que cubre tu cara y desear la humedad tibia de tu lengua.

Hoy es de noche, sin tarde ni abrazos del tiempo. Ya no estás tú, ni tu barba, ni la luz que es capaz de abarcar toda mi piel. Desconozco si esos milagros vuelvan a pasar por aquí, cuando es la hora de la Cenicienta, cuando no puedo dormir porque te pienso, cuando cada movimiento débil que haga se siente por toda la casa en silencio, cuando tu barba es lo único que se podría escuchar a esta hora clandestina, en cada rincón de algo que no se si exista, pero que le dicen corazón.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s