Asistí a mi funeral (cuento corto)

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Paquita González murió cuando la tarde se abrazaba con la noche en un resplandor que tenía color de naranjas maduras, algo rojas, algo cafés. Paquita no era su nombre, pero siempre quiso que se le llamara así porque, según decía, atenuaba su imagen de marimacha iracunda y le daba un toque de falsa fragilidad. También llovía. Tal vez por eso decidió quitarse la vida ese día, porque era una poeta que hacía metáforas tristes, mentiras bellas, verdades a medias susurradas con encanto en la oscuridad.

Llevaba varias noches aguardando el momento en el que surgiera la valentía de entregarse a esa forma tan extraña de huír de la realidad. En medio de su recurrente insomnio escribía. ¡Ah! El placer de los sonidos cuidadosos de la noche, carros ligeros que habitan la ciudad sin hombres, el amor hecho en silencio como una víctima de los niños o de los años, los suspiros inconscientes del que reposa en su pequeña muerte a la que llama sueño. Paquita prefería el sueño que se inventaba con los ojos abiertos, sin pesadillas, del tic tac que tanto aborrecía.

Desde hacía tiempo cruzaba las calles sin mirar y la miraban sin cruzar. Sentía el silencio esparcido por toda la ciudad. Hacía tiempo no moría de amor, hacía tiempo que no era dos. Creía en los espíritus que por haber pecado mucho en vida quedaban deambulando por la tierra sin su cielo católico o su reencarnación budista. Por eso, tenía la idea fija de asistir a su propio entierro y ver a todos sus amantes juntos. Ver, sobre todo, que ellos lloraran. Cada uno sabía de los engaños de Paca, y siempre lo aceptaron, fieles, sin condiciones, porque creían en el fondo que la única verdad era la que ellos conocían. Por eso las lágrimas transcurrían sin recato mientras ella dormía feliz debajo de la tierra húmeda que un par de hombres sin rostro arrojaban al hoyo sepulcral.

Estaba Raúl, el que la golpeaba fuerte con sus besos, intentando calmar el dolor de su ausencia. Martín, con la melancolía en las venas, con esa certeza del amor, la inquietud que aquieta al más inquieto de los seres. Jerónimo le había dedicado en el dolor de la pasión, que lo había invadido desde los huesos hasta las lágrimas, un poema robado: “En mi delirio, no sé cuántas veces he soñado contigo. Calculo que más o menos coinciden con las veces que he encontrado la marca de mis lágrimas en la almohada”. Antonio, con mil fotos en el bolsillo, las mismas que él le había tomado, que le recordaban momentos de alegría ajena, de peleas tontas, del espíritu salvaje. La prefería dormida cuando él le susurraba “eres despertar para seguir soñando”. A Gregorio le gustaba oler el prado que estaba alrededor de su silueta tirada al sol, mirando las nubes, dando besos que juraba olvidar después. Saúl había querido probarla por dentro, por eso la hacía llorar, para luego lamer las gotas saladas que se chafaban en el pecho, pesadas como su culpa.

Pero Paquita González no pudo ver a sus amantes, ni a nadie. Calculó mal. Llegó tarde a su entierro y vio el pasto intacto, la tumba íngrima en la que no habían tallado la frase que ella había sugerido en su carta de suicida racional, las flores de los demás sepulcros pero ninguna en el suyo. Ni Saúl, Gregorio, Antonio, Jerónimo, Martín o Raúl habían estado ahí, con sus lágrimas, con su amor, con su estúpida absolución que siempre le dieron a sus engaños. Claro que lo sabían, ella misma se había encargado de mandar correos anónimos con las letras macabras de su destino. Es que la preferían muerta. Con ella moriría la incertidumbre y la tendrían, cada uno, exclusiva en los aromas que alguna vez rasgaron la piel, feliz en los sueños de una casita rosada en la que viviera el matrimonio feliz, entregada –como fue- en las tardes de lluvia, de poesía de verdades a medias, de la excitación vertical que recorre la médula, del recuerdo de su respiración cuando decía que los amaba.

Abril 2009, sin publicar.

Fotografía: James Nachtwey (fotógrafo de guerra)

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