El milagro de desaparecer El Cartucho (y aparecer el Bronx)

Hace 10 años, cualquier bogotano sabía que por ahí no se pasaba. Entre la Avenida Caracas y la carrera décima y de las calles sexta a la décima, olía mal. Olía a basuco, a sangre, a comida recalentada, a basura apilada y olvidada, a toneladas de material listo para reciclar, a fogatas eternas para hacerle el quite al frío. El Cartucho estaba ahí para quedarse, apropiado por hombres, mujeres y niños harapientos, muchos de ellos consumidos por el vicio.

Era fácil encontrar casos de profesionales que algún día incierto se extraviaron allí para nunca más volver. Las noticias notificaban a menudo asesinatos, atracos y adictos irredentos, esos flacos tirados en el suelo consumidos por el ‘asustao’, como le dicen al basuco. También había gente inocente, recicladores que habían encontrado un refugio en el que nadie los molestaba.

En 1999, este sector era la casa de 14.085 personas, según Bienestar Social. Parecía imposible borrar de la faz de la ciudad esta realidad. Ese mismo año, el entonces alcalde, Enrique Peñalosa, formuló el proyecto de recuperación de El Cartucho: desalojar la gente y reubicarla en viviendas subsidiadas, demoler las casas de la zona y construir el Parque Tercer Milenio. Pese a múltiples protestas en las que se intercambiaron tiros, piedras y gases lacrimógenos, la primera vivienda fue tumbada el 13 de marzo de 1999 y en el segundo semestre de 2004 el parque estaba terminado.

No obstante, muchos de los habitantes de la deteriorada zona sólo se mudaron unas pocas cuadras cerca de allí. Así, la localidad de Los Mártires vio nacer el Bronx, entre las calles novena y décima y carreras 15 y 15A. Cerca de 3.800 personas viven en el lugar, donde se consiguen drogas, armas y problemas.

Varias entidades del Distrito se aliaron hace un par de meses para realizar actividades integrales: recuperar el espacio público, incrementar la participación de los sectores comerciales, mejorar la calidad de vida de los habitantes y reducir el número de delitos, pero hoy en día el panorama luce sin muchos cambios.

Unos duermen en la acera y, por efectos seguramente de la droga, no se percatan de la incomodidad del suelo, o de la piel rojiza a merced de los rayos directos del sol, o del pútrido olor que generan bolsas de basura abiertas y el aroma intenso del ‘asustao’.

Publicado en El Espectador, 12 abril 2009

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