Sobre cómo te dije que te amaba

La costa por ti.

¿Sabes? Estos días he estado pensando en lo mucho que desee estar contigo desde… ¿será que al amor se le puede poner una fecha de inicio? Bueno, tal vez desde que se me rompieron los lentes de contacto. Depronto porque para amarte era necesario quitarme los lentes que la costumbre le va poniendo a uno, o la moral, o la culpa. Para amarte necesitaba despojarme de obstáculos, como la edad o el inicio de una lectura sin haber terminado otro capítulo.

Esa noche en la que se me rompieron los lentes sentí un calorcito especial cuando te vi muy cerquita de mí. Estábamos en la sala de tu casa, a mí me rodeaban personas desconocidas, indiferentes. Pero tus ojos, me daban calma, la luz emanaba de ti y noté con gusto que estabas concentrado solo en mí, que no me abandonarías en ese instante, que serías –en parte- mi lazarillo en esa ceguera.

Tal vez por eso te besé más tarde. Fui yo quien buscó tus labios que conectaron con los míos magnéticamente en un instante que fue largo en la realidad, pero corto en nuestra magia. Así fue hasta que nos sacaron del lugar. Siempre somos los ultimos en salir porque nos quedamos perdidos en nuestro propio mundo.

También he pensado en lo complicados que somos. Uno quiere algo y no va por él. ¿Qué lo impide? Bendita culpa, benditas ganas de complacer a todo el mundo incluso por encima de los propios deseos. Desde alguna nochr que me `secuestraste` y me llevaste lejos, lejos, ya eras el hombre que me hacía sentir valiosa y respetada, que compartía mis gustos culinarios, que me arrullaba tiernamente: en la cercanía con besos chiquiticos y recurrentes; a lo lejos con canciones de amor que dedicabas por teléfono.

Estoy segura de que te puede dar algo de coraje sentir que hubo una competencia, que tuviste que esperarme. Sin embargo, estoy segura de que nuestra relación es una sola, no el resultado predecible de un triangulo o un cuadrado amoroso. Que te amo sin referentes, que te amo porque no llenas vacíos sino que me complementas, que te amo porque irrumpiste suavemente en mi vida con tu magia y tus cosas no tan chéveres y así te quedaste adentro.

¿Cuándo te dije que te amaba? Ya te lo había contado. El viento entró cálido entre los palos de madera vieja. Para los comensales parecía un día normal, había música, sonsonetes de la costa, el aceite cocinando desde las escamas hasta las espinas de un pescado recién tomado del río. Me posé sobre el balcón para mirar el majestuoso e intimidante Río Magdalena. Me concentré en un par de buques enormes que lo navegaban, en unos niños jugando felices, libres, desparpajados entre el muelle y las suaves corrientes. Pensé en Gabo y su “amor en tiempos del cólera” cuando Fermina Daza y Florentino Ariza hacen el amor a los ochenta y tantos años en un crucero que izaba la bandera del cólera. Hacían el amor después de tantos años de tragárselo y el Magdalena fue testigo de eso.

De pronto todo lo que me rodeaba se quedó en silencio. Bajé la mirada al muelle y entró una fuerte corriente que fijó sal en mi nariz. Me ví entonces con un hermoso vestido blanco aguardando en el muelle a que llegaras tú y me tomaras por la cintura y sin darme la vuelta me besaras con algo de amor y algo de arrechera. También vestías de blanco. Te ví hermoso. Entonces fue cuando me alejé del resto de la gente para que no escucharan mi gran secreto. Te llamé y te lo dije por primera vez: TE AMO.

Octubre 2008.

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