Entre el humo de una mujer malvada

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La canción sonó una y otra vez. El ritmo le retumbaba como si aquel recuerdo viviera dentro de sus ojos cerrados. Tenía una sonrisa apenas pronunciada por la ilusión que le causaba aquella canción. “Es increíble pero cierto tu amor, es increíble pero cierto tu amor”. No más. Verónica decidió apagar el equipo y enterrar sus fantasías, al menos ese día.

Un tiempo atrás, ella decidió que los sueños eran los únicos que iban a irrumpir en su intimidad. El sueño sería el único caballero que la enamoraría ya que la realidad no se parecía a nada de lo que ella quería: el amor va en contra de la opacidad de una tarde y la gracia de una charla insignificante. La realidad era que Verónica se alimentaba del corazón roto de quienes la amaban con todo y lo malvada, con todo y lo increíblemente bella.

Entonces recordó…

Tú me quieres dar un beso, ¿cierto?-

El pretendiente silenció intentando descubrir si la pregunta de Verónica reflejaba sus deseos o sus temores.

-Eres demasiado sincera-

-No lo soy. No soy demasiado nada-

Volvió en sí. Cuando la música se detuvo, Verónica añoró cuando era joven y jugaba a enamorarse. El amor era sorber tragos de Ginebra al lado de un amante sin rostro, cuyo contacto incineraba la dermis. Eso no duró. Luego, su tacto dejó de sentir, sus labios dejaron de probar, sus manos dejaron de rozar la tibieza de un cuerpo que se amparaba entre sus piernas con una ternura casi incestuosa. Se embriagó entonces con el recuerdo de dos polvos que desaparecieron como ella solía hacerlo. Esa maldita tusa le iba a durar incluso en sus noches de excesos, de orgasmos, de los corazones rotos que tanto le gustaban.

Días antes Camilo la había estado mirando durante horas. Buscaba una respuesta coherente, pero ella seguía evitando una conversación que ya había tenido que soportar mil veces antes:

-Un ósculo es demasiado pedir. El amor es demasiado pedir- dijo la malavada. Después, sus palabras trazaron círculos para evitar provocar el mismo efecto de siempre: la desilusión del confundido mancebo. En realidad lo que disfrutaba era ese amor no correspondido, más no el sufrimiento del varón.

Días más tarde llegó su última noche de remembranzas. Se recostó sobre las yertas y descoloridas sábanas que habían perdido su aroma de pasión por estar arropando cada noche a un cadáver que añoraba siempre lo mismo: un sueño convertido en realidad.

El opio salió de su nariz empolvada de un maquillaje barato. El humo ligero se sostuvo un rato encima de ella y luego se desvaneció. Verónica pensó en lo mucho que anhelaba que sus recuerdos se evaporaran tan fácilmente como ese cigarrillo, que la culpa la abandonara como ese efecto narcótico y que la consumiera para siempre el fuerte dolor quela adicción le producía.

Volvió a recordar…

-No me creas un tonto. Si no te gusto por qué no me lo dices y ya-

Que va. Verónica decía muchas cosas, pero casi nunca hablaba acerca de lo que realmente sentía, de la tusa, de los polvos que se fueron para no regresar y de lo complicado que era expresar lo que su corazón sentía.

Él no lo sabía. Verónica era una buena mujer, cuyo único pecado era aceptar que le producía placer saber que sus labios aún podían encender exaltaciones incurables, que sus manos aún podían recorrer suavemente el tacto de un cuerpo que entre más tembloroso más le excitaba, que su poder para hacerse amar no había desaparecido como la fuerza para hacerlo ella misma.

Al final de la media noche, el suministro de droga se agotó. Verónica había decidido morir entre sus divagaciones, entre aquellos espejismos que habían sido la excusa ferpecta para no reconocer lo mucho que había amado y que tanto trabajo le había costado disimular. No, no era tan malvada.

Marzo 2009.

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