Balada de un solitario

“No le digas que lloro todavía
acariciando el hueco de su ausencia
donde su ciega estatua quedó impresa
siempre al acecho de que el cuerpo vuelva”.

(Emilio Ballagas: Nocturno y elegía)

Extraño la soledad de estar sola sin ti, pero sabiéndome dueña de tus pensamientos y tu de los míos. Esa soledad que me hería, me revolcaba las entrañas, me dificultaba el razonamiento, pero que finalmente se sanaba exitosamente con solo una llamada, una foto un recuerdo. Ahora no tengo nada de eso. Lo deshice tontamente como si eso fuera a extinguir tu existencia en la mía.

También me hace falta construir palabras a tu lado.

Esas palabras que pretendían darle un halo de eternidad a nuestros momentos, así como se pintan retratos para alargar la vida de un insigne rey, o se riegan las plantas para demorar su inevitable marchitamiento.

Esas palabras que creía inventar como una nueva definición del amor y que te pertenecían más que a mi lengua.

Incluso extraño lo que no se alcanzó a decir o hacer, pero que existía gracias, o desgraciadamente, a la idea de mi futuro entrecruzado con el tuyo. Fui una hereje al querer forzar el destino, el mismo que nos unió un anochecer en un café y que nos separó abruptamente en un lugar y fecha que no quiero recordar.

Extraño tu cuerpo morado por el frío, rojo por la excitación o por la vergüenza o por la rabia. Tu cuerpo de mil colores que se abalanzaba sobre mí, a veces con un deseo completamente contrario al amor. Ese cuerpo que se enroscaba junto al mío para hacerle trampa al inclemente clima de un cuarto de motel.

Extraño oler cada espacio de tu cuerpo y descubrir que solo tenías dos olores: el del sexo y el del reposo.

También me había hecho el firme propósito de besar partes de tu cuerpo jamás exploradas y que espero, con egoísmo, nunca más vuelvan a ser exploradas.

Extraño nuestros juegos, como aquella vez que tú te hacías el ciego y pretendías conocerme con el solo tacto de tus manos. Ese era mi ideal: seguir conociéndonos y reconociéndonos como si nuestras mediocres existencias fueran inabarcables. Esa sed mía por ti nunca cesó, más temo que para tus ojos mi presencia empezaba a ser habitual.

Extraño extrañarte con la ilusión de calmar mi ansiedad al día siguiente, cuando te viera, en tu pequeña y siempre estresante oficina o en la puerta de mi casa. Entonces solía sonreír, suspirar y dejar de pensar en ello. Ahora pareciera que mis anhelos se refugian en recuerdos repetitivos, porque son los mismos de siempre, sin la esperanza de que la realidad vuelva a proyectar nuestras imágenes bailando una vez más.

Quisiera volver a repetirte cien veces que me amaras como yo a ti, que me tuvieras paciencia, que no te quedaras dormido cuando te declamaba en voz alta como un poeta frustrado, que me salvaras, que nos extraviáramos juntos para encontrarnos a nosotros mismos, que mandáramos a la mierda a todo el mundo por un día para que la vida solo fuera tú y yo recostados en un parque simplón. Quisiera volverlo a decir para que esta vez si me escucharas.

Pero tal vez no te extrañe de verdad. Si lo hiciera volvería a ti, corriendo el riesgo de reemplazar malamente todos esos recuerdos. Eso es lo único que me queda de ti, recuerdos bellos, sucios, tormentosos, distorsionados, sublimes, injustos, construidos, destruidos, eternos… y no quisiera también extrañar eso.

Escrito en 2008, sin publicar.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s