Bogotá en silla de ruedas

Miles de personas con limitaciones físicas luchan contra la ciudad para movilizarse.
Publicado en El Espectador Febrero 2009

David Ramos

Foto: Herminso Ruíz – El Espectador

David Ramos es uno de los 64 discapacitados de Buenavista que sufre las condiciones del terreno.

En las tardes del barrio Buenavista se escucha el llanto inconsolable de un joven. Es Cristian Morales, de 17 años, quien pide a gritos salir de la pequeña casa de ladrillo sin empañetar en la que vive. Sufre de una parálisis cerebral severa que le impide caminar. Por eso, su única actividad es mirar a través de la ventana, impaciente, hasta que llegue su día de exámenes médicos para que sus padres lo saquen alzado entre los trechos de adoquín por los que es imposible que pase su silla de ruedas.

Cerca de allí vive Juan David Ramos, de 11 años, quien tiene una parálisis que le impide mover la parte izquierda de su cuerpo. También pasa todos los días de su niñez mirando televisión o através de la ventana alta de su casa prefabricada, que pareciera estar construida en la cima de una montaña. No hay día en que no le diga a su mamá, Ana Milena Soto, que lo que más desea es ir al colegio. Además de que es una labor maratónica transportarlo, un instituto especial le cuesta mínimo 460 mil pesos. No obstante, su madre sólo vive del dinero que a veces le lleva el padre de sus hijos y de lo que le brinden en el comedor comunitario de la zona.

Al menos 64 personas como Juan David y Cristian habitan en Buenavista, un barrio de invasión ubicado en las laderas de los cerros orientales, al que sacó del anonimato un informe de Caracol Noticias el miércoles pasado. De acuerdo con el DANE, el 60% de la población discapacitada de Bogotá vive en estratos uno y dos, como ellos. Lo que necesitan, según expresan, es un nuevo lugar dónde vivir y algo de ayuda para sus hijos. Es que la discapacidad es una enfermedad costosa y permanente.

En esta ciudad la carta de opciones cuando se maneja una silla de ruedas, un bastón o unas muletas se reduce a terrenos empinados, ascensores repletos y el camino más largo. El transporte no ayuda mucho. Aunque Transmilenio tiene vías de acceso especiales, la multitud y la falta de cortesía dificultan el ingreso al vehículo. A los buses es casi imposible entrar y los taxis, en su mayoría, no tienen el espacio suficiente en el baúl para llevar una silla. Además, son un gasto económico que no todos pueden asumir.

Otro inconveniente para la mayoría de personas con discapacidad es la falta de recursos para rehabilitarse, ya que no gozan de un trabajo digno. Por si fuera poco, es difícil conseguir empleo, porque los parapléjicos no adquieren una adecuada

capacitación profesional  porque no pueden llegar hasta el salón de clases a falta de rampas y ascensores. Al final, esto se convierte en un círculo vicioso: “Para muchos de mis pacientes se hace más importante conseguir dinero a corto plazo y ya no tienen empeño en educarse sino que se quedan, por ejemplo, como vendedores ambulantes”, asegura Jeanette Rosas, experta en rehabilitación .

La ley marco para integrar socialmente a las personas con limitación es la 361 de 1997, o llamada Ley Clopatofsky, ya que fue Jairo Clopatofsky el senador que la hizo posible. En ella se formulan normas con las que tendrían que ser modificadas las barreras físicas como puertas angostas, escalones, desniveles y otras trabas que limiten la libertad de movimiento.

Algunos lugares cumplen con estas normas, sobre todo los edificios nuevos y centros comerciales, como el centro comercial Gran Estación, donde ruedan ágilmente varios centinelas parapléjicos como parte de la filosofía social del lugar.

Sin embargo, la ciudad no es un centro comercial con pisos lisos y sin obstáculos. Bogotá es una selva de cemento que hace más difícil el día a día de las personas con discapacidad, que juntas podrían llenar el estadio El Campín, ya que son más de 52 mil en la capital, según el DANE. Nunca han pedido que los compadezcan, ya que son tan capaces como el resto del mundo. Tan sólo dicen a una sola voz: “Si bien es normal ser diferente, también es anormal ser indiferente”.

Los lugares públicos más inaccesibles de Bogotá

Monserrate. Sólo se puede ingresar al funicular, al telesférico, al templo y al  mercado si se carga al discapacitado. Es un vía crucis para los enfermos que lo visitan.

El Campín. El lugar para los discapacitados está en un extremo de la gramilla, una ubicación improvisada. Hay un baño especial para personas con limitación.

De rumba. Ningún lugar de rumba, o sólo alguno muy exclusivo, tiene baños para discapacitados. Generalmente a la entrada hay escalones.

Barrios. Con trechos muy empinados y calles destapadas. Buenavista, Codito, Estrellita, Balcones, Mirador y Santa Cecilia Norte.

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