Un cuento con sexo (in)explícito

Ya han pasado dos horas. Sólo lo voy a esperar quince minutos más. Tal vez se retrasó la línea. No, eso nunca sucede. Tal vez si no hubiera llamado a esa agencia, o no me sintiera tan sola, o no hubiera optado por conseguir pareja por correspondencia, o fuera más bonita, o al menos más paciente, todo sería diferente; estaría en mi pequeño apartamento pintando porcelana, tranquila, infeliz, sin esperar a nadie… solo a Kaoul que llega todas las mañanas a las 9 en punto a tomar pingalongab tibiecita y a contarme de todas sus aventuras nocturnas mientras le consiento el pescuezo.

Las hojas muertas se desprenden bruscas de las ramas secamente abrigadas para el invierno. Cuando caen, el viento las arrastra silenciosamente hasta la estación del metro Westypas. Dos minutos después está esa mujer barriendo el pedazo de naturaleza parisina.

Hola Favrizi, la saludo. Es imposible no conocerla después de dos semanas de esperar mi ‘paquete’ acompañada de la áspera melodía de una escoba que insistentemente pasa por cada rincón del Westypas.

A pesar de ser Otoño, la corriente de aire pasa tibia por mi espalda entre cada espacio de esta silla de esperar. Me recuerda levantar la mirada y recorrer el rayo naranja de un atardecer que escarba los cristales de la parte más alta de la estación; correr entre los olores, abrigos, rostros lejanos y miradas cansadas de las personas que desembarcan; y después, llegar al reloj.

Sus manecillas me dicen solo una cosa. Hoy tampoco llegó. Esta bien, tú ganas destino clandestino. Seguiré muerta entre mis pinturas, aislada en mis pequeñeces y alimentando mi esquizofrenia con las conversaciones de Kaoul.

-¿Era una rosa mikeryal?- me preguntó una silueta cuya sombra no terminaba de desenmascarar su rostro.
-No, es que se acabó la temporada. Solo pude conseguir rosas pauntalys, pero supuse que entendería.
-Espero que me entienda usted a mi señorita, debía haber llegado hace un mes. Es muy paciente, por ello me disculpo y se lo agradezco.

Ahora era el sombrero café el que me seguía ocultando su rostro. Quería conocer sus expresiones, sus cicatrices, su brillo. Pero él seguía perdido en la ciudad y angustiado por el taxímetro.

-¿No conocía París?
-Sí, pero las ciudades crecen rápido. La modernidad llega y desecha lo que a penas fue creado ayer. Lo sólido se desliza entre nuestros dedos, no alcanzamos a tocar nada porque todo es líquido, es mercancía, hasta los sentimientos.

Preferí callar ante su inconformismo intelectual. No me gusta seguir una conversación circular, en la cual solo podría plagiar groseramente algunas ideas de Zigmund Bauman o de Marshall Berman.

Opté por evitar las preguntas de libreto y observarlo para armar mis propias ideas. Sus manos eran grandes, delgadas pero no tanto, es decir, tenía carácter pero poca fuerza. Tal vez manos de pintor, o de músico. Eran blancas manos cubiertas de vello delgado y abundante. Aunque no sé cómo vincularlo simbólicamente, eso me pareció sexy.

La ropa que usaba me dejó sin comentarios. Las personas no se pueden clasificar por lo que llevan puesto, me interesa más lo que está debajo, lo que roza la tela y genera un calor corpóreo que me transmite ahora mismo.

Pagó y se bajó por la puerta izquierda del carro. No llegó a tiempo para abrirme, no estoy acostumbrada a esas cortesías. Aún así, me tomó la mano y me recibió con una sonrisa tranquila que iba bien con sus ojos, por fin sus ojos. Prefiero aún no hacer conjeturas. Era momento de empezarlo a conocer de otra manera.

Escrutó sin timidez cada rincón de mi vivienda, saludó a Kaoul y bebió algo de pingalongab. La comida es un buen plato de entrada a la conversación. Tal vez debí servirle Kisyxi, es más formal.

-Me llamo Mesdrizec, vengo a enamorarme de ti y a que tú te enamores de mí.

Un poco precipitado.

– Yo soy Anakitán y la única forma en que me puedas conocer es probándome como un alimento.

Un poco atrevida.

Mesdrizec tomó el hatoco. Primero, lo agarró entre sus manos, sintiendo la dureza, suavidad y pesadez de su forma. Luego, hundió un dedo para quitar la cáscara. A medida que bajaba la coraza, la pulpa se levantaba estremecida generando un aroma tropical, dulce, dulcísimo, empalagoso. No pudo resistirse más y mordió el hatoco, embadurnándose la piel cercana a su boca, sus dientes y sus manos. La lengua sentía el sabor dulce en toda su superficie, por ello, lamía, mordía y acababa poco a poco la fruta. Finalmente, llegó a la pepa, el centro del hatoco, lo desechable. Era la pepa que prohibía continuar con placer. Pero él seguía disfrutando la sutil dulzura que aún pendía de la semilla que, al fin y al cabo, es una posibilidad más de hatoco.

Yo decidí continuar con el venebelo, esa fruta con forma fálica. Hay quienes le quitan la cáscara del todo, yo lo hago poco a poco para que no se oxide y se vuelva tan baboso como el hatoco; también para que no pierda su aroma, menos impertinente que el del hatoco. Cuando lo mastico se esparce muy suave en mi boca, es como si el venebelo se entregara al placer de ser comido. Me demoro menos en comerlo, pero es tan fácil de llevar en mi cartera, que puedo abrir otro para repetir el disfrute. Hay algo que me encanta del venebelo: la sensación que me queda después de comerlo. He leído que es bueno para el estómago, por eso, cada bocado quita la acidez de mi esófago, calma la ansiedad de mi vientre y me deja satisfecha.

Antes de conocer a Mesdrizec, Kaboul me decía que cada noche estaba quedándose atrapada de a poquitos en mi casa. Mi casa un poco más oscura cada día. Pero ese día Mesdrizec trajo consigo un juego de pinceles para que cada brochazo dependiera de la fuerza que él quisiera imprimirle, o del momento, o del color, o del paisaje, o del cuerpo en el que quisiera pintar o, incluso, de su estado de ánimo. En su maletín de pinturas tenía muchos colores diferentes y combinados. En especial me gustaron tres.

El primer cuadro lo hizo con un pincel grande. Quería hacer un plano general porque a penas nos estábamos conociendo. El color que usó, a petición mía, fue el ficesux. Este color tiene la ventaja de ser espumoso y sin sabor para cubrir el lienzo sin distorsionar del todo la textura y el aroma original. Este color se usa regularmente para idealizar el dibujo ya que es fácil cubrir errores mediante esta destreza.

El segundo cuadro fue un mapa. Como ya tenía más confianza sobre el lienzo, usó un pincel de cerda redonda y lisa. Esta vez le pedí que usara cezal, que es un color muy empalagoso y dulce. Me gustó mucho la técnica que usó, ya que a la luz de las velas (porque según Mesdrizec la lámpara podía cegar el camino) dejó caer gotas del color para que ellas decidieran por qué curva descender. Al final, repasó el cuadro, como lo hace un buen pintor, pero no lo hizo con la mirada ni con el pincel, sino con sus labios. La parte en la que más perfeccionó fue en aquella rosa embadurnada por el empalagoso cezal, que simboliza la brújula del mapa.

El último cuadro fue bastante especial, lleno de sensibilidad. Usó un pincel tan sutil que no se podía ver, pero sí palpar. El color lo escogió él: un grimare #2, este color sabe a sal pero su efecto es dulce. Mezdrizec hizo un autorretrato. Mezdrizec es noche sin secretos, reiteración de lo irrepetible, lágrimas sin dolor, dialogo sin palabras, palabras sin guión, lenguaje universal, tarde de lluvia entre las cobijas, frío con abrigo de piel, piel virgen con pasado, saltar a la golosa, pintor de cuerpos, pintor de sentimientos, vuelo de libélula, cuerno de unicornio, ósculo sorpresa, rostro dibujado con grimare #2.

-Me llamo Mesdrizec, vengo a enamorarme de ti y a que tú te enamores de mí.

Para nada precipitado.

 

Escrito en el 2006. Sin publicar.

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