El arte de descubrirlo todo sin mostrar nada

Ficha técnica XXY

Dirección: Lucía Puenzo.
Guión: Lucía Puenzo basado en el cuento “Cinismo” de Sergio Bizzio.
Producción: Luis Puenzo y José María Morales.
Elenco: Inés Efrón, Ricardo Darín, Valeria Bertuccelli, Martín Piroyansky.
Argentina, 2007, 90 min.

 

Resumen: Según Aristóteles el hombre nace y la sociedad lo corrompe. ¿Será cierto? En XXY una pareja -Suli y Kraken- deciden tener a Alex en un lugar lejano a una sociedad que juzga y que al mismo tiempo “corrompe”, en términos del sabio filósofo. Sin embargo, es imposible escapar de la controversia que genera tener un hijo -o una hija- hermafrodita. Inconscientemente los padres de Alex se convierten en las personas que querían evitar a toda costa: imponentes y sordos ante lo que realmente desea la joven. Finalmente, la sexualidad de Alex se define más allá de lo convencional.

Si bien es normal ser diferente, también es anormal ser indiferente. Pero a veces las personas con alguna diferencia desean más que nada la indiferencia. XXY también es un juego de palabras o, mejor, un juego de paradojas: hombre con hombre, travesti con mujer, lesbiana con gay, ser mujer y hombre… Las expresiones de la diversidad sexual nos dejan la impresión de que no hay nada que nos pueda asombrar. Cualquier combinación es posible.

“Las escenas no necesitan de planos detalle o encuadres explícitos para que el espectador lo descubra todo. Es más perverso aún dejar a la imaginación lo que hay debajo de la ropa, lo que une a dos cuerpos o lo que define el sexo”.

No obstante, al terminar de ver XXY es normal tener un rostro acongojado y sentir asombro. Hay una explicación. Las escenas no necesitan de planos detalle o encuadres explícitos para que el espectador lo descubra todo. Es más perverso aún dejar a la imaginación lo que hay debajo de la ropa, lo que une a dos cuerpos o lo que define el sexo.

 

Nunca se evidencia el doble sexo de Alex a pesar de que ese es el eje de la historia. Los encuadres y el uso de la luz para crear una sombra justo de la mitad del cuerpo hacia abajo, son suficientes. Para convencernos de que es Alex es hermafrodita sólo necesitamos de una suerte de símbolos: la muñeca de la protagonista que tiene un falo improvisado con una coletilla de cigarrillo; los dibujos de Alex; o su famélica silueta que no describe curvas femeninas ni rasgos masculinos.

 

Muchos han criticado la ambigüedad con el título de la película, que hace referencia al síndrome de Klinefelter -o síndrome XXY-, condición en la que los hombres tienen un cromosoma X extra. Sin embargo, en estos casos los sujetos no tienen rasgos físicos femeninos, como sí los tiene Alex, quien por su fragilidad se percibe más como una niña inexpresiva.

 

La actriz que interpreta a Alex cumple un papel muy importante. Inés Efrón tiene 23 años y en la película es una niña de 15. Nadie dudaría de esa edad. Sus ojos grandes y verdes generan un extraño encanto; son al mismo tiempo la atracción del misterio y de la rebeldía. Su figura esquelética corresponde a los hábitos de Alex: el cigarrillo, la soledad, la falta de comida.

De eso se vale la directora de XXY, Lucía Puenzo, para generar polémica sin mostrar nada explícito. Siendo esta su opera prima, Puenzo encuentra el perfecto lenguaje para decirlo todo sin sobreactuar nada. El éxito está en generar en el espectador una curiosidad que va más allá de lo morboso. Por eso, esta también es una historia de amor.

 

Me atrevería a afirmar que las historias rosa no tienen nada nuevo que contar. Por eso, el cine como este se “pervierte” y relata el amor tal cual es: lleno de locura, carente de magia, a veces triste, vacío y, finalmente, excitante. Sobre todo si se rebela contra el “modo rosa” de amar.

 

En su manera de abordar la diversidad sexual, XXY nos recuerda a Shortbus, del director John Cameron Mitchell, quien también se arriesgó a tomar ingredientes como erotismo, sexualidad e identidad y meterlos en una suerte de “coctelera”. El resultado en ambas películas genera un shock en las mentes más cerradas y un festín visual -y erótico- en las más abiertas.

 

Finalmente ¿qué queda? Una representación más de la búsqueda individual de cada ser -tenga o no este tipo de anormalidades congénitas- hacia su identidad. No hay una conclusión; tanto los protagonistas como el espectador quedan llenos de preguntas, confundidos y deseantes.

 

 


 

 PUBLICADO EN LA REVISTA DE CINE EXTRABISMOS, PRIMERA EDICIÓN, DICIEMBRE 2008.

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