Fútbol de ciegos

El fútbol sala es uno de los deportes favoritos de los invidentes por las emociones que genera y porque permite un mayor desarrollo integral de sus integrantes. Muchos muestran esta práctica como una rehabilitación o algo extraordinario, lo cual está lejos de las pretensiones de los jugadores. Con algunas particularidades en las normas, ellos juegan tan bien como un deportista convencional gracias a la agudeza de sus otros sentidos.

-¡Cuidado! Lo va a atacar Hermes- le gritan a Juan Pablo Parra de 23 años y estudiante de sicología. Él fue considerado jugador revelación en el Mundial en Río de Janeiro 2002, gracias a su excelente remate, es decir, atinarle numerosas veces al arco. Un triunfo difícil cuando no se puede ver el objetivo.

Se escuchan varias voces a lo largo del partido que se disputa en una cancha de jockey en el velódromo de la Primera de Mayo. Los jugadores están entrenados para estar más alertas que nunca: “Damos avisos todo el tiempo. Así, el que tiene el balón sabe que lo van a atacar. Si uno lo tiene llama a algún compañero para saber si está cerca y hacerle un pase o escucha al guía para decidirse a tirarle al arco”, relata Hermes Celys, quien juega hace 13 años y hace parte del programa de movilización social y política del INCI (Instituto Nacional para Ciegos).

Una de las indicaciones más importantes es la de un guía que se ubica detrás del arco para alertar a los miembros de los equipos sobre dónde deben dirigirse para hacer gol, así como los antiguos soplones del teatro dictaban el parlamento a los actores.

Aunque en este caso, entre menos referentes tenga el deportista es considerado más hábil. Por eso, tener buen oído y concentración es esencial. Además de las voces, todos juegan con seguridad porque el balón se ubica fácilmente por los cuatro cascabeles que lleva adentro.

Se agitan los cascabeles

En 1978 fue fundado el primer equipo de fútbol sala para ciegos en Bogotá. El club deportivo Valores Humanos se creó gracias a la reunión de varios líderes y deportistas que al comienzo buscaban promover actividades culturales. Con el tiempo se crearían cinco clubes más. Esta iniciativa les daría la oportunidad a decenas de invidentes de demostrar que lo que ellos hacen es igual que en todas las selecciones de fútbol, no algo fuera de lo común.

Dean Lermen es el único fundador de Valores Humanos que aún juega en el equipo. Su experiencia en el fútbol sala es notoria. Se ubica delante del arco y retiene la llegada de los delanteros a su arco. En este juego el que no arriesga un tiro, que casi siempre termina en el extremo de la cancha, se pierde la oportunidad de hacer un gol espectacular. Eso es de lo más interesante de ver estos partidos: los goles son inesperados y atraviesan obstáculos que parecían infranqueables.

Hermes y Juan Pablo son los más avezados. Atraviesan la cancha de 42 por 22 metros como feroces leones en busca de una presa que lleva un collar de cascabeles. Siempre es fácil cazarla. Por eso, el partido transcurre con agilidad y emoción.

Como en cualquier deporte, los torneos entre invidentes tienen normas, adaptadas de las reglas de juego de fútbol sala de la FIFA. Una de ellas es que todos deben jugar con un antifaz de tela absorbente que lleva una protección acolchada. Esto es para proteger y porque algunos alcanzan a ver sombras, lo que les daría ventaja sobre los ciegos totales.

No todos en la cancha son invidentes, como arqueros, árbitro y guías. Sin embargo, el arquero tiene la movilidad reducida y no intuye en qué dirección le van a apuntar. Además, debe resistirse a los taponazos, ya que para una mayor efectividad el jugador dispara siempre con “artillería pesada”.

El escenario que los acoge es una cancha de Jockey, ya que se necesitan vallas laterales que eviten la continua salida del balón. Las vallas también facilitan la orientación del jugador debido al sonido del rebote. Así mismo, el piso debe ser plano, sin humedad y ningún obstáculo.

Ser futbolista requiere técnica, orientación, dominio espacial y corporal. Juan Pablo, por ejemplo, maneja el balón con tal destreza que casi nadie puede quitárselo: “Además del entrenamiento físico, los técnicos deberían incluir el psicológico. Un partido de fútbol sala es muy malo cuando los jugadores no tienen este entrenamiento y toman decisiones apresuradas, como botar el balón todo el tiempo”, expone Juan Pablo.

El constante entrenamiento se diferencia en que los ejercicios se deben especificar más y poner puntos de referente (como los guías), según explica Daniel Castro, entrenador de la selección de fútbol sala de Bogotá. “Mi función es corregir, ya que los deportistas llegan con concepciones personales sobre cómo deben controlar el balón, hacer un pase y atacar. Lo malo es que solo una vez al año hay un torneo interclubes y se pierde mucho la práctica”, explica Castro.

Es necesario el entrenamiento duro para que en los torneos internacionales Colombia derrote a los casi siempre ganadores Argentina y Brasil. Daniel Castro tiene una explicación: “Las diferencias para que un equipo sea destacado son las individualidades. Pero es que en Brasil los ocho son excelentes jugadores”.

Los deportes practicados en Colombia por invidentes son natación, ajedrez, atletismo, ciclismo, levantamiento de pesas, yudo y fútbol sala. Para esto, el Instituto Distrital de Recreación y Deporte cuenta con el programa “El deportista Apoyado”, el cual brinda soportes para algunos practicantes seleccionados por sus rendimientos nacionales e internacionales.

Los apoyos dependen del nivel del deportista: élite, avanzado, construcción I y II, instrucción y juegos nacionales. Estos incluyen ciencias aplicadas (por ejemplo, fisioterapia y nutrición), transporte, alimentación en restaurantes especiales para una dieta balanceada, seguros médicos, dotación de uniformes y apoyo para la participación en competencias nacionales e internacionales.

El fútbol no se ve, se siente

No había a la mano un balón de cascabeles cuando Juan Pablo empezó a jugar fútbol y su estadio era la calle del barrio. “No obstante, metíamos el balón entre una bolsa de plástico como una alternativa para ubicarlo. Desde entonces, me acostumbré a jugar con videntes”, recuerda el jugador estrella.

Daniel Vega, de 24 años, entrena todos los días desde hace siete años: “¿Por qué me gusta? El fútbol es mi pasión”, responde apresurado porque está pendiente del partido entre otros clubes deportivos. Luisa Polanía, su esposa, se pone celosa y me dice: “Yo soy la mayor detractora de esto. Me quita mucho tiempo con mi esposo”.

Alrededor de la cancha de Jockey del velódromo de la Primera de Mayo, ubicada en el barrio 20 de Julio de Bogotá, hay varios invidentes pendientes del partido. Ellos lo disfrutan a su manera: saben si el equipo es flojo o bueno, qué futbolista está rindiendo, quién tiene el balón, cuándo lo bota o hace alguna mala jugada.

-Debería venir otra vez para que vea un buen partido. Estos están jugando solo de recochita-, me dice uno de los espectadores.

Esta manera de apreciar un partido, de meter goles o de moverse con tanta agilidad y seguridad en la absoluta oscuridad son cosas que a veces son difíciles de aceptar por un vidente debido a sus prejuicios. Cosas normales para los ciegos son vistas, lamentablemente, como dificultades: “Pero esto no es una dificultad, es una berraquera. En este juego nos damos patadas y ‘madrazos’, nos caemos y luchamos el partido, como lo haría cualquier futbolista”, afirma Hermes.

Según el censo realizado por el DANE, en el 2005 seis de cada 100 colombianos tenían alguna discapacidad permanente. La limitación más común es la visual: representa el 43% de cada 100 colombianos discapacitados. Sin embargo, hoy en día las verdaderas limitaciones están en la percepción de la sociedad con respecto a la comunidad discapacitada.

Hermes es muestra de ello. Terminó el bachillerato por radio, gracias a un programa de la Radiodifusora Nacional. Luego quiso estudiar derecho en la Universidad Libre en donde, pese a tener excelentes notas, la sicóloga lo rechazó porque, según ella, él no tenía la capacidad. Hermes no se rindió y venciendo los prejuicios se graduó en la Universidad Católica.

“En los 80 hice parte de los universitarios revolucionarios contra el presidente de entonces del INCI, Hernando Pradilla, ya que estábamos cansados de que nos sobreprotegieran. Queríamos trabajo y capacitación para vivir por nuestros propios medios”, relata Hermes, quien también fue campeón nacional de atletismo.

Sin embargo, para Dean Lermen, no a todo hay que llamarle un problema: “Las personas vienen a ver el juego con diferentes expectativas e imaginarios creados socialmente. Cuando se van, siguen teniendo la misma idea porque son sus creencias. A ellas no hay que imponerles algo que no creen, sino proponer un acuerdo”, asegura Lermen, quien además fue director del INCI por 11 años.

Mientras en “El ensayo sobre la ceguera” de José Saramago todos recurren a sus más bajos instintos para sobrevivir, los personajes que conocí saben que la mejor estrategia es jugar con lo mejor de sí mismos para salir victoriosos. Ellos no habitan en un mundo donde reinan el caos y el desorden, todo lo contrario, saben de qué lado de la cancha pueden hacer un gol en la oscuridad.

 

(Publicado en Revista Directo Bogotá. Número 20, enero-marzo 2008)

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