Edipo y las tetas

Tenía calor, asco y poca excitación. A los trece años no le llamaba la atención cambiar los juegos de video por una prostituta vieja que había dejado su sensualidad desperdiciada en decenas de sábanas ajenas.

Las tetas fue lo primero que Edipo reconoció en la mujer que su padre había contratado. Como si fuera una tradición hacerse varón antes de la adolescencia y como si ser varón fuese una cuestión de sábanas.

Ella ya estaba desnuda. Lo esperaba hacía rato sentada en un sillón viejo de cuero. Sus labios estaban pintados cuidadosamente para darle un poco de vida al rostro opaco, manchado, que mostraba las ojeras de noches en vela; insomnio de infortunio más que de pasión. Sus piernas estaban cruzadas aparentando la dignidad de una dama y su mirada reflejaba la tranquilidad con la que había aprendido a hacer su trabajo. Edipo siguió pendiente de sus tetas, no por lo desnudas o provocativas, sino por lo miserablemente pequeñas. No eran pequeñas como las de una francesita, ni como una niña de doce años. Eran tetas que levantaban sutilmente la piel, respingadas, suaves, que permitían ver algo de hueso.

Con un empujón no violento sentó a Edipo sobre la cama. El miedo no le permitía hacer nada al muchacho. Ella le sonreía, pretendiendo ser amigable, le quitó los zapatos y le bajó el pantalón. La camisa se la dejó puesta, esto iba a ser algo rápido aprovechando que no era un cliente exigente.

Vio con tristeza que el joven no estaba excitado. Entonces recurrió a un viejo truco: tomó el flácido pene y lo puso entre sus pequeñas tetas, siempre calientes y suaves. Luego lo empezó a acariciar con la mano con la que escribía y, mientras lo estimulaba, subió a su cara para rozarle los ojos y los labios con sus pezones puntiagudos.

Edipo sintió la misma sensación que le generaban las modelos voluptuosas, los sueños húmedos, y las nalgas de su empleada doméstica.

En menos de un minuto, la mujer consiguió ‘levantar’ la situación. Se sentó en él, mientras guiaba con sus manos a los lugares que debía acariciar, explorar y apretar. Edipo tocó sus nalgas, frías y maleables, renunció rápidamente. Luego, siguiendo la instrucción de la ‘experta’, masajeó su clítoris, pero tampoco le llamó la atención. Por la espalda no quiso pasar por el asco que le producía el sudor añejo de la mujer, que estaba asfixiada moviéndose de arriba abajo y circularmente. Finalmente, las manos de Edipo terminaron en las pequeñas tetas. Era el único lugar que no se movía, no tenía estrías o gotas saladas de sudor.

Luego, por iniciativa propia, quiso chuparlas sin pensar en la leche, en su madre o en sus hermanas bañándose. Las tetas pequeñas del tamaño de un limón, dulces, de los huesos de las costillas. Eso fue lo que realmente le excitó, pues ya se había olvidado de la mujer, del pene, de la eyaculación y del asco. Por primera vez sintió que estaba enamorado. Amaba a esa mujer desarreglada, amargada, vieja, con el corazón frío por la soledad del sexo sin alma. Amaba a la mujer de las tetas miserables.

Por varios meses la siguió visitando a pesar de que ella no lo recordaba. Edipo escuchaba, al pie de su puerta, los gritos de orgasmos fingidos, las palabras sucias y las quejas que la mujer recibía por tener senos tan pequeños. La observaba de lejos, temía que lo odiara por su insistencia. Consiguió, con alguna de sus mañas, que los celadores del lugar le permitieran entrar y así poder buscar un hoyo en las paredes del escenario en el que ella bailaba y vendía su cuerpo.

Edipo creció y la dejó de amar, pero no dejó de amar a sus tetas. Las buscaba con desespero en cada una de sus relaciones, de sus polvos, de sus fantasías e, incluso, de sus empleadas.

El escritor y poeta Ibn Hazm de Córdoba dice en El collar de la paloma -tratado sobre el amor y los amantes- que cuando se aprende a amar el defecto de una persona, es imposible dejar de buscarlo en el nuevo amante.

A sus veinticuatro años Edipo había tenido pocas relaciones porque era más selectivo que un vegetariano. Realmente no se había dado cuenta por qué rechazaba a algunas mujeres y a otras no. Pensó que simplemente el hecho de ser tan codiciado lo había vuelto arrogante. No era eso.

Kika lo invitó a darse una ducha con ella, desnuda, húmeda, dispuesta a ser penetrada, con la lengua sedienta de sexo. Al comienzo, Edipo se apresuró a entrar a la bañera. La ilusión de tener entre sus piernas un cuerpo joven, vital, ágil, y resbaladizo le generó una rápida erección. Pero cuando entró, su rostro cambió, y su pene se metió como una tortuga escondida en su caparazón. Kika estaba sensualmente rodeada por la espuma, con la que jugueteaba enjabonándose el clítoris, las piernas largas, y sus senos, sus voluptuosos senos. Edipo sintió náuseas, las mismas que se sienten después de haber comido mucho. Sintió en su garganta leche que se desbordaba, y sus manos las sintió pesadas, imaginando angustiosamente que tenía que cargar con los senos de Kika mientras la poseía desde abajo. El encuentro terminó rápidamente, y Kika no volvió a aparecer.

Sonya llegó un día sin ser llamada. Presentó una propuesta administrativa para tener algún cargo en la empresa de Edipo. Después de ser anunciada por la secretaria, Sonya entró al despacho del gerente. Llevaba puesta una falda roja que llegaba hasta cinco dedos por encima de la rodilla. Era un traje ajustado que dejaba ver muy bien las curvas de sus nalgas. La blusa era blanca, y los dos primeros botones de arriba hacia abajo estaban desapuntados, lo cual no era un gesto muy atrevido ya que no tenía senos sobresalientes que escandalizaran al personal. Pero su escote sí llamaría la atención del entrevistador.

Edipo sonrió y se inclinó para darle la mano, cuando lo hizo percibió que Sonya se había aplicado perfume sutilmente en la mitad de su pecho. Eso lo excitó inmediatamente, y se sintió apenado al ocultar detrás de su escritorio la erección que deformaba las arrugas normales de su pantalón.

Sonya era inteligente, y tan solo era una muchachita de veinte años que acababa de terminar su tesis de grado. Edipo quiso seguir indagando en su escote. Sonya salió de su oficina segura de que recibiría la llamada de Edipo.

La tarde fue eterna para Edipo. La sangre acumulada en su pene no quiso circular, solo respondía a la mente que imaginaba los pezones de Sonya rozando el brasier de algodón que utilizaba como una manera de disimular su carencia. Él pensaba en las tetas de ella, sus dulces, pequeñas y miserables tetas. Pensaba en el olor detrás del perfume, en la piel suave que nunca había sido forzada por el crecimiento repentino del busto, y en la punta de los pezones ¿qué sabor tendrían? Quiso invitarla a cine, para que en la oscuridad pudiera meter la mano debajo de su blusa y acariciarla; o tal vez a un café, para que el olor alcanzara a cubrirle el pecho y tener todo el día tetas con un aroma intenso y estimulante. No podía llamarla a decirle nada de eso, Sonya solo había pedido trabajo y quizá lo último que le pasaba por la mente era que su jefe quería quedarse dormido chupándola en el lugar que ninguno de sus antiguos polvos había querido recorrer.

Edipo la contrató e hizo que se instalara en una oficina cercana a la suya. Empezó a salir frecuentemente con ella, y no fue difícil para un hombre rico y apuesto llevarla a su apartamento y tenerla desnuda encima de la cama, del tapete, de la mesa de la cocina, del escritorio, o donde fuera necesario para tomarla fuertemente entre sus brazos y apretarla contra su pecho.

No la desvistió completamente, la dejó solo con una tanga negra porque le gustaba quitarla con la boca para sentir más cerca el aroma de su sexo. Tenía, al fin, entre sus manos los pechos de la prostituta. Se sentía pleno, feliz, excitado.

Luego empezó a masturbarse delante de ella, quien parecía muy satisfecha de estar entre sábanas de seda que nunca había tenido, de pensar que pronto se podría dar un baño de burbujas en un jacuzzi fino, de olvidar por un momento que era hija de una puta y sentir placer con lo mismo que su madre se ganaba la plata.

Edipo creía Dios había hecho el pene, los pezones, los labios y el clítoris del mismo material. Estaba seguro de que su miembro era, en realidad, una parte de la punta de las tetas que tanto le excitaban.

Eyaculó encima de ella. Quiso embadurnarle completamente los senos, lo cual era muy fácil porque no era mucha piel para cubrir. Luego la abrazó para untarse también y empezar a resbalarse fácilmente entre sus piernas y llegar a lo más profundo que pudiera alcanzar.

Esa noche Edipo fue feliz. Durmió chupando los pezones de una desconocida. Durmió al lado de su puta sin tetas.

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