Para empezar… una historia de amor

Muchos estarán cansados de las típicas historias de amor. Yo no me canso: el amor mueve al mundo (al igual que el conflicto y la ambición), el amor te hace sentir vivo, el amor es esperanza. Ahí va.

TU HISTORIA DE AMOR

Hombre de la Foto:- No, idiota. Está enamorada.
Nino:- ¡Pero si no la conozco!
Hombre de la Foto- ¡Claro que la conoces! Desde siempre… En tus sueños…
(El fabuloso destino de Amelié Poulain)

ComoUnPicaflor

(Pintura de Erik Riveros, Colombia)

Son tiempos difíciles para los soñadores. Por eso, es difícil inventar una historia de amor que no se haya contado. Tal vez sea mejor vivirla y no contarla a riesgo de que alguien llegue, la lea sin gracia y la destruya con sus comentarios. Tal vez a veces hay que dejar que el alma se desnude.

Lo que voy a contar no me ha pasado nunca, tan solo es una premonición que tengo siempre que mi mirada se pierde en el horizonte. No, no es imaginación, tal vez un deja vú de algo que pasó en alguna de mis siete vidas y que el terrible olvido empezó a borrar. Haré todo por reconstruirla.

El escenario es sencillo. Una reunión de amigos, el humo del carbón quemándose bajo la parrilla, algo de susurros del viento, comentarios sueltos, el patio de una casa, el prado lleno de los pelos blancos de un perro atado a una cuerda improvisada.

Lo primero que vi fueron sus manos. Es imposible describir lo que eran pero sí puedo decir lo que no eran. No eran manos de pintor, carecían de detalles evidentes como arrugas o algunos vellos; tampoco de escritor, ya que tienden a ser cortos los dedos y también con rasgos detallados; no eran de enano, las que más detesto, que son pequeñas, regordetas y con los dedos demasiado cabezones.

La manera en la que me saludan con la mano me da una idea de quién es la persona. Él me dejó la impresión de carácter y seguridad, de ternura y de gracia. Me apretó con delicadeza pero lo suficientemente fuerte para sentir su calor, la existencia de un corazón debajo de toda la piel, el costillar, la sangre y del mismo corazón. También me convencí de que él sabía de mi presencia. Muchos nos ven, saludan, hablan o riñen, pero no se percatan de nuestra existencia, del espacio que ocupamos en su mundo. Él sí.

No sé si por ser un sueño o premonición, las cosas se tornaban extrañas. De repente, yo estaba desnuda, pendiente de que mis rizos negros y largos me cubrieran el pecho. Tomaba el sol, pero me moría de frío, extrañé la ropa o al menos un cuerpo en el que confiara para abrazarme a él y crear algo de calor. El recién llegado estaba desnudo, pero yo no lo sabía. Sabía de su presencia, pero ignoraba la falta de sus prendas. No quería sonrojarme, tal vez. Solo lo conocí entonces por sus manos, por su mirada –no por sus ojos, ese es otro cuento, sino por cómo me miraba-, y por su sonrisa que reaccionaba muy seguido a mis intervenciones.

¿Amor a primera vista? No es eso, es solo una premonición de que algo pasa, de que algo puede pasar
y de que no le temo a eso. Eso fue.
Después de eso empezó a correr el reloj de una historia de amor. No hay un hilo conductor, hay que recordar que solo son premoniciones: efímeras y deslumbrantes fotografías que a veces se mueven, a veces suenan y que se sienten.

Él bajo el sol, en la terraza de un café en medio de una ciudad colonial. Sus cejas y su pelo empiezan a verse claros. Me gusta su camisa un poco abierta, me gusta su pinta fresca. Ya no tengo que preguntarle su edad, la conozco ya. Es lo suficientemente joven para reír de corrido, para tener espíritu de aventurero y no parecer cansado. Lo suficientemente adulto para tener historias que contar, logros que reconocer y el reto de quitarle la castidad aunque ya la haya perdido.

Está su mirada a veces café; otras, miel. Creo que son más claros en cuanto más le gusto. Incluso en el colmo del enamoramiento puedo asegurar que son verdes.

En mi ilusión también hay un teatro gigante. Hay cosas exóticas por todas partes, fusiones de lo uno y de lo otro. El juego entre el hombre y la mujer que se confunden entre sí; literalmente, ya que las bailarinas más bellas de la noche son en realidad hombres de nacimiento, pero más sexys que cualquier streaper de cabaret. Bailamos como si lo hubiéramos hecho seguido durante años, de hecho hablábamos como viejos amigos. No parecemos expertos en el baile ni nada de eso, solo lo gozamos y dejamos que el cuerpo del otro explore por primera vez sobre la ropa húmeda, a escondidas, entre la noche, entre la oscuridad más oscura de algunos tragos.

***
Hoy, martes 13, decidí una vez más que quería alejarme de ti. Mientras camino por la calle, estoy segura de que si me llamas faltaré a mi palabra, que ya lo estoy haciendo por tenerte tan cercano en mi corazón. Veo un cartel fijado en un poste de la luz. El día de mi cumpleaños, pasado mañana, se presentará un grupo que tú me enseñaste. Solo por eso ya son nuestras esas canciones. Desearía que me llamaras y me pidieras, una vez más, que nos escapáramos esa noche y bailáramos como sabemos hacerlo mientras nuestros cuerpos no le dejan espacio alguno al vacío.

***
Me gustan esas premoniciones. Las acomodo a mi gusto, como cualquier enamorado que hace lo que se le de la gana con su percepción de la realidad: la idealiza, la exagera, la destruye. A veces nunca ama a alguien real, sino a un espectro de lo que siempre quiso que fuera.

Creo que toca muy bien la guitarra y me imagino que me despierta con una canción de amor al estilo de los ochentas. Eso lo vi en la balada del pistolero. Suelo copiarme de las películas de amor rosa para la creación de mis fantasías. Bueno, mi variación es que no quiero una serenata de mariachi.

Es imposible que no pase por mi cabeza la posibilidad de que estamos casados y con hijos. Ese es otro tipo de premonición que casi nunca se hace real por la debilidad en las relaciones modernas. Pero me gusta pensar en que me va a ayudar con las instalaciones navideñas, que yo me encargo de los adornos y de la cena y que él se encarga de las luces, de la electricidad, de la música, de lo manual.

También me gusta pensar que él es quien le ayudará al pequeño Samuel –ya tiene nombre mi primogénito- con sus tareas de matemáticas y con las cometas artesanales para elevar en agosto.
Entonces sonrío pícaramente –debe ser un mago en la cama-, pienso. Se que su piel es más suave que la de cualquier hombre con el que haya estado. Y decido probarlo con un juego malicioso.

***
Me acuerdo de la primera vez que nuestras almas se encontraron. Yo creo que se encuentran cuando no hay algo más verdadero que un beso, más simple y sin ningún pensamiento –bueno o malo- cuando nuestras miradas se encuentran y se quedan enlazadas en un bache de tiempo difícil de contar. Solo sé que cuando te miro así solo quiero sonreír. Ya no me pregunto qué piensas, qué tramas, tan solo me doy cuenta de que también quieres verme y que tus labios quieren estirarse y sonreír.

Entonces te detuve con mis ojos, te frené en el tiempo, en la realidad –que por supuesto nos impedía todo lo que podríamos hacer-. Te quité la ropa tan lento como pude, y empecé a darte besos por tu piel suave y lisa. Algo roja también, estabas muy excitado. Besos chiquiticos, con cariño, sin ningún objetivo ni punto de llegada. Me aferré a tu cuerpo, nunca me sentí tan bien abrazada por alguien, es decir, tan envuelta y protegida, tan ajustada a un pecho varonil que suspiraba sin temor a demostrar sus sentimientos.

Hoy extraño eso. Te pienso y poco repaso ese momento en el que hicimos el amor. Me siento culpable, por eso tomé la estúpida decisión de decirte que te alejaras. No culpable por mí, porque sabía lo que hacía cuando me enamoré de ti, pero sí culpable por ser tan cobarde, tan poco arriesgada. Me sentí culpable porque también amaba a alguien más y uno no está acostumbrado a fragmentar su amor.

Nunca te dejé de querer. Tal vez sí te dejé de extrañar, no era necesario ¿de qué me iba a servir? Me sentí satisfecha, al menos, por haber aprendido algo contigo. Algo de madurez, algo de responsabilidad, algo de locura… también algunos conceptos sobre la autoestima y la culpa, sentimientos tan en boga en estos tiempos en el que nadie quiere cargar con su propia basura o tesoro.

Hasta los tesoros son difíciles de aguantar, uno siempre va a sentir que no es suficiente, o que es mucho, o que es inmerecido, o que es demasiado bueno para ser cierto. Ya ves, por algo no quise cargar con tu presencia en aquel entonces.

Todos los días recordaba los planes que alcanzamos a hacer. El tango, un viaje, una cena, un deporte… los realicé en mi imaginación, no creas que se me iban a olvidar. También sentía la necesidad de llamarte y contarte lo que me había pasado, que iba a escribir en una revista importante, que me salió otro trabajo, que me saqué cinco en un parcial. Quería que me dijeras de nuevo que te sentías orgulloso de mí. Me encantó sentirme, de cierta manera, ‘superior’ a las demás mujeres que habías conocido con más experiencias, madurez, inteligencia –o acumulación de conocimientos-, algo normal en 10 años más de vida que yo.

Entonces te llamé. Te escuché nervioso, aun enamorado, pero habías roto la promesa de que pensarías solo en mí. Bueno, me lo merecía, supongo.

***
Entonces sé que existe. Aunque estoy segura de que no se va a parecer mucho a lo que predije. Tal vez solo sea él, sin su sombra y sus manos de ¿arquitecto? Aun no logro meterlas en un estereotipo, solo se que me encantan, que tienen un lunarcito justo debajo de su dedo anular. Tienen algunas cicatrices, al igual que las mías, que son trofeos del tiempo cuando se ha vivido de verdad. Igual, no lo reconoceré cuando llegue, siempre parecerá ser el próximo, el que ame en el presente. Dicen por ahí que siempre que uno se enamora, cree que es la primera vez que lo hace y que nunca ha querido de esa forma. Es obvio, el amor nunca es igual, ni mejor, ni peor.

Alguien me saca de mis divagaciones. –Él es Samuel-, me lo presentan. Entonces digo hola, no te conozco y tal vez no lo haga nunca, pero ven siéntate a mi lado, tomemos el sol haber si nos calentamos. ¿A qué vine? No sé, porque quise, por curiosa. Nunca te había visto. Entonces mi premonición me recuerda: no seas tonta, claro que lo conoces, desde siempre, en tus sueños.

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4 comentarios en “Para empezar… una historia de amor

  1. escribes excelente, te felicito, este es el 4to de tus escritos que leo y es la primera vez que visito tu pagina, y la verdad estoy muy encarretada, los quiero leer todos.

  2. Hola!! Es la primera vez que leo esta historia, quedé encanta y es por ello que me atrevo a decir que también tengo una y quiero redactar, necesito ayuda!

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